sábado, 26 de enero de 2013

Capítulo 04 - Domingo.

Pasó toda la tarde del viernes sentado en el sillón color verde esmeralda del salón, observando absorto la billetera de Spencer. En la mansión Rimes nunca había nadie. Su padre siempre estaba fuera del país por negocios, al fin y al cabo su familia era dueña de un poderoso imperio. Por su parte, la madre de Bruce rara vez salía del ala este de la casa y su hermana estudiaba en una universidad de Francia.

Cuanto más observaba el objeto de la chica, más seguridad le entraba de saber que algo había hecho mal. Pero no quería reconocerlo. Ni mucho menos. Él siempre ha llevado la razón. No obstante, no podía evitar sentir un mínimo de culpa por lo sucedido con ella. Estaba empezando a barajar la posibilidad de que, por una vez en su vida, se hubiera equivocado. Pero, ¿él? Absurdo.

Pronto se percató de un detalle en que no había caído antes. El documento de identidad de Turpin se hallaba en el interior de la billetera y, además, tenía la cartilla de estudiante en su interior. En la escuela pública los alumnos no solían tener, pero en la privada ya era harina de otro costal. En el Richroses, portarla encima era totalmente obligatorio. En ella estaban todos los datos del poseedor, dirección, número de teléfono... Un instrumento que podía resultar hasta peligroso si caía en manos de una mente retorcida.

***

El sonido de la alarma le despertó la mañana del domingo. Los rayos del sol se filtraban entre las cortinas de la habitación de Spencer, chocándose contra sus paredes lilas. Todos sus muebles eran blancos; la estantería, su mesita de noche, el escritorio... Se removió en la cama mientras bufaba y trató de apagar el despertador movida por el sueño.

Spencer pasó todo el sábado en su habitación, escondida bajo las sábanas o escribiendo en su diario lo mucho que repudiaba a aquel desgraciado de Rimes. Sólo salía para ir a comer y cenar, situaciones de lo más incómodas; Benjamin trataba torpemente de relajar el ambiente. Hablaba de sus relaciones en el equipo de baloncesto, de su entrenador, de las canastas que metió en el último partido y de contra quien jugaría en el próximo. Estaba claro que todo aquello era para liberar tensión, a pesar de que no funcionó como hubiera querido.

Tenía la sensación de que aquel día seguiría el mismo camino. Carecía de ánimos para moverse y cada vez que pensaba en que le tocaba ir a clase al día siguiente ardía en deseos de ahogarse con la almohada. Podía escuchar como los pájaros cantaban situados en el árbol que daba a su ventana.

Su casa constaba de dos pisos y un pequeño jardín. En la planta inferior se encontraban la cocina, el salón, el comedor, un baño que sólo contaba con un retrete y una puerta que llevaba hacia un pequeño sótano. En la superior, donde se encontraba ella, estaban las habitaciones de cada uno de ellos y una para invitados, también un aseo, el cual solo usaban Spencer y Benjamin porque sus padres contaban con uno conectado a su habitación. En la casa también disponían con un desván, lugar que siempre le había dado miedo, por lo que nunca subía sola.

Los minutos pasaban y ella se sentía cada vez más inútil allí. Hacía rato que Ben se había ido a jugar al baloncesto con sus amigos y que su madre daba berridos a la tele mientras veía su programa de cocina favorito. Su padre estaría leyendo el periódico en el sillón del salón, con las piernas en alto.

Sobre la silla de su escritorio, había una toalla de baño arrugada y en ella se apreciaban las iniciales B.R.

De pronto, alguien llamó a la puerta de su casa. Por supuesto, ella no se inmutó, lo único que hizo fue cambiar de postura en la cama. Trató de agudizar el oído para escuchar que decían. Barbara había ido a abrir.

Pensó en su madre abriendo la puerta y como estaría tratando a la persona que había llamado. Barbara era una mujer no muy alta, con el cabello castaño y corto el cual lo lucía rizado de igual modo que en los años sesenta. Tenía la nariz algo puntiaguda y siempre iba de aquí para allá chillando y dando lecciones a sus hijos. A pesar de todo, y de la edad que tenía ya, Barbara era una mujer con cierto atractivo que siempre despertaba el interés de los vecinos.

Luego pensó en su padre leyendo. Tenía la manía de menear el bigote de un lado a otro cada vez que tenía la prensa frente él. Era un hombre alto y delgado. Su nariz era chata y gorda y, bajo ella, estaba ese espeso mostacho negro, al igual que el pelo de su cabeza, aunque ya comenzaba a adquirir tonos grises según que zonas. Richard trabajaba en una pequeña empresa de marketing y siempre lucía unas gafas cuadradas.

Dejó de pensar en ellos cuando traquetearon a su puerta.

Spencer. Ha venido un amigo a verte —dijo su madre desde el pasillo.

La chica se sentó al instante en la cama. ¿Un amigo? ¿Qué amigo? ¿Cómo que un amigo?

¿Qué? —preguntó extrañada. Como no fuera de su antiguo colegio...

Ya me has oído. Date prisa y vístete, no le hagas esperar. Encima que ha venido a verte... No, mejor le digo que suba.

¿Qué? ¡No! ¿Mamá? —protestó. Pero su madre no le hizo caso puesto que ya estaba bajando las escaleras.

Saltó de la cama todo lo rápido que pudo. Cogió un pañuelo para limpiarse los ojos rápidamente después de haber estado durmiendo largas horas y trató de buscar unos pantalones y una camiseta que ponerse. Cuando al fin dio con unos entre su desordenada ropa y tenía la camiseta subida hasta el cuello... una persona entró a su habitación.

Y era Rimes.

¡¿Se puede saber qué haces aquí?! —exclamó incrédula.

A mí también me gustan los ositos —dijo con tono burlón.

Spencer tardó en asimilar a que se refería y pronto cayó en cuenta de que hablaba del estampado de su sujetador, en un acto reflejo se volvió a tapar con la camiseta y cubrió sus piernas con la sábana. Pero Rimes vio algo que llamó su atención más que el color de su ropa interior; había un cardenal en las costillas de Turpin, lo cual hizo que se sintiese mal consigo mismo, algo que no soportaba. Sin embargo, no dijo nada sobre el rasguño.

¿Qué haces en mi casa? —repitió ella con un tono de voz punzante.

Tu voz suena como cuando arrastras un tenedor sobre un plato... —comentó ignorando su pregunta.

Ojalá fueses tú el plato —replicó ella sagaz.

Él la miró con sus ojos furtivos y ella recordó la razón por la cual su fin de semana estaba siendo un fiasco.

Vete de mi casa —ordenó.

Que maleducada... —dijo con parsimonia—. Encima que he venido expresamente a traerte esto —levantó la cartera de la chica.

¡Mi cartera! Dámela ya —exigió.

Ten —el chico extendió la mano con el objeto para que ella lo cogiera.

¿Por qué vas vestido así? —preguntó mirando de arriba a abajo las ropas de Bruce.

Voy en traje porque tengo estilo, cosa que tú deberías tener... —miró a su alrededor— en todos los azpectos. El baño de mi casa es tres veces esto —comentó analizando la habitación.

Si no te gusta, lárgate —indicó—. No sé que te da derecho a entrar en mi casa. Como si hubiese olvidado lo del viernes —al recordarlo sus ojos se humedecieron y su voz se quebró—. Vete.

Rimes la miró fijamente con indiferencia. Spencer recordó como vio en la mirada del chico algo más que odio y rencor la última vez.

Quizá me excedí con mis métodos el otro día, es posible que deba dejar de acosarte tanto—comenzó a decir. La mirada de la chica se iluminó—, pero no por ello creas que voy a parar en esto. Mi opinión acerca de ti no ha cambiado, eres una mancha que debo borrar de mi mundo. Y no voy a parar hasta que abandones —ella le miró atónita—. Me voy.

Antes de que pudiese salir, Barbara apareció como un espectro en la puerta. Un espectro sonriente y de voz cantarina que puso la piel de gallina a ambos. Vio que Bruce estaba apunto de atravesar la puerta y lo miró con desilusión.

No me digas que te vas... —parecía que se moría de pena. Miró a su hija, que estaba sentada en la cama—. ¿Aún sigues así? Vístete —miró a Bruce otra vez—. Anda, bonito, te invito a comer. Disculpa al desastre de mi hija...

Su madre se llevó del brazo al chico al piso de abajo, dejando a Spencer a cuadros.

Ella se vistió tan deprisa que parecía que se jugaba la vida por cada segundo que pasaba. Con una camiseta verde y unos pantalones piratas, fue en dirección al servicio, donde se aseó y pudo peinar su oscura melena. Le urgía tanta prisa debido a que temía de que podían estar hablando sus padres con Bruce allí abajo y qué les diría él. Pero, ¿cómo podía decirles que habían dejado pasar a la persona que más odiaba en la faz de la Tierra y la causa de su pésimo estado de ánimo?

Cuando se vio lo suficientemente decente, bajó. Aunque sus pies seguían abrazados a sus zapatillas blancas de andar por casa. Desde las escaleras pudo oír la conversación que se acontecía en aquellos momentos.

Dime, chico, ¿has venido andando? —preguntó Richard.

No, señor —respondió educadamente—. He venido en limusina —corrigió como si aquel automóvil fuese lo más normal.

Al entrar al salón, Spencer vio a dos padres pálidos como el azúcar. Cuando Barbara reparó en ella, se levantó del sofá y del lado de Bruce, y se aproximó a ella como una bala mientras la llamaba eufórica.

Spencer, cariño. Menos mal que ya estás aquí. Deberías presentarnos a tu amigo como es debido... —dejó caer Barbara. La chica sintió que aquella mañana su madre había ingerido más café de lo normal.

Después de resoplar varias veces y maldecir la causa de todos sus males, caminó hasta estar cerca de ellos. Se aclaró la garganta para hablar.

Os presento a Rimes, Bruce Rimes —anunció de mala gana—, estudiante de Richroses. De mi curso. Aunque no va a mi clase.

Encantado —dijo él.

Pero lamentablemente ya se tiene que ir —comunicó dando una palmada.

¿Qué? Pero si se iba a quedar a comer... —protestó su madre.

Sí, mamá. Y me encantaría que se quedara. Y a él también. Pero tiene cosas que hacer, créeme —aseguró sacando al chico del salón.

Lo llevó hasta la salida mientras él ahogaba sus ganas de reír.

Menos mal que me has salvado —dijo—. No sé que hubiera sido de mí.

No lo he hecho por ti, estúpido.

Spencer fue a cerrar la puerta, pero la mano del chico lo detuvo.

Tengo curiosidad —dijo él—. ¿Quién es el chico de la foto que llevas en tu cartera?

Ella le miró cabreada, ¿cómo era tan descarado de fisgar en las cosas de los demás? Aunque no le sorprendía tanto tratándose de él.

Es mi hermano —afirmó—. Y ahora vete.

Es más guapo que tú —informó dándose la vuelta para irse mientras dibujaba una tiranizada sonrisa.

¡Eh, Rimes! —llamó la chica y él se giro. Le miró fijamente—. Te odio.

Y así cerró la puerta en sus narices. Por su parte, Bruce, fue a su limusina con su sonrisa en la imagen, caminando lentamente y con sus manos escondidas en los bolsillos de su pantalón.

Los padres de Spencer estaban expectantes unos pasos tras ella. Barbara se agarraba el delantal con fuerza y Richard tenía el periódico plegado entre sus manos mientras lo estrujaba como si fuese un limón.

¿Por qué no nos dijiste que conocías a un chico así? —cuestionó su madre con un tono de voz tan agudo que parecía una adolescente en su primer día de clase.

Porque no me cae bien —respondió desinteresada y deseosa de volver a encerrarse en su habitación.

Cariño... —dijo con un tono que a la chica se le antojó de repelente —. Es muy guapo y, además, parece que tiene mucho dinero...

En el momento en que abrió la boca para mostrar su entero desacuerdo, Benjamin entró a casa con el balón bajo el brazo y una expresión alterada.

Acabo de ver una limusina irse de en frente de nuestra casa... —logró articular.

Barbara agitó los hombros de Richard mientras chillaba “¡No nos estaba tomando el pelo!”

Spencer puso los ojos en blanco hastiada y regresó a su habitación ignorando las llamadas de sus padres y la cara dubitativa de su hermano.

La sangre le hervía cada vez que pensaba en lo contentos que se habían mostrado al saber que era una persona rica. Probablemente ya querían emparejarla con él o con algún chico de la élite. Pero aquello sería demasiado. No conformes con planificar su futuro académico, también buscaban programar sus relaciones amorosas.

Se negaba a aquello.

Pasó el resto del día reflexionando. Sintiendo rabia por sus padres y un odio inmenso por Rimes. Por las declaraciones que le hizo asegurándole que su vida no iba a ir a mejor y, sobretodo, por lo que ocurrió el viernes.

Fue a abrir su cartera, donde seguía intacta su cartilla y su dinero: ninguno. Pero se dio cuenta de que le faltaba la foto de la que le había hablado Bruce antes, en la que aparecía ella con su hermano. Ni rastro de de ella. ¿Cabía la posibilidad de que aquel estúpido engreído se hubiera quedado con la foto? Aunque si eso fuera cierto, ¿qué motivos tenía?

***

Sobre la mesa de madera de Bruce se podía apreciar una foto. La foto de una chica con su hermano. Sonriente. Curiosamente, no dejaba de mirarla. 

domingo, 13 de enero de 2013

Capítulo 03 - La piscina.


Bruce Rimes se despertó en sus sábanas de seda y desde el colchón observó las blancas paredes de su habitación. Era enorme. Muy espaciosa. Dormía en una ancha cama matrimonial, toda para él solo. En una esquina había un hermoso piano de cola y a su lado una serie de estanterías repletas de libros. A pesar de estar adornada con varios elementos, daba la sensación de que estaba prácticamente desierta.

Se irguió con sueño y fue al baño que estaba conectado a su cuarto. Andaba sin ropa puesto que nunca usaba pijama para dormir. Se dio una ducha rápida y, tras haber secado su figura, se vistió con el uniforme de su instituto. Los trajes le sentaban como anillo al dedo. Eso es algo que siempre ha dado por hecho muy claramente en su mente narcisista.

Al bajar las escaleras, le esperaba el desayuno. Un té con leche, el cual tomaba sin azúcar debido a que no soportaba los sabores muy dulces, y siempre ha dicho que los tés se beben sin ese elemento endulcorante. También unas tostadas con aceite y sal, y un zumo de naranja. No le gustaban los desayunos suculentos, y en especial no aguantaba los típicos ingleses con huevos fritos y salchichas. Él, como siempre comentaba orgulloso, llevaba a cabo una dieta mediterránea.

Tras saciar su hambre, cogió su cartera, se contempló frente al espejo del recibidor y tras decirse lo perfecto que estaba, abrió la puerta.

Al salir de la casa, o más bien mansión, le esperaba un largo camino de baldosas de piedra hasta llegar a la calle, desde donde se podía apreciar el enorme jardín de su madre. Una limusina negra le esperaba todas las mañanas en la entrada del recinto. Su chófer le abría la puerta del automóvil y en absoluto silencio le llevaba a sus clases.

Siempre llegaba a la escuela antes que el resto de la gente. Era muy obsesivo cuando se trataba de puntualidad. Paseaba por el instituto como si fuese de su propiedad aunque, técnicamente, lo era. Subió hasta su planta y vislumbró el aula que estaba varios metros a la suya. El aula de aquella insolente.

Llegó hasta la puerta y se puso a observar el interior desde el pequeño cristal. Pronto una presencia tras de sí le obligó a darse la vuelta. Emma Miller estaba a su lado.

Miller era una persona callada. Nunca hablaba con nadie ni mostraba especial interés por ello. Llevaba su oscuro pelo muy cortado, pero de un modo moderno y personal. Sus ojos eran completamente negros, como dos pozos sin fondo, y su piel aceitunada.

Bruce sonrió con malicia cuando la vio. Supo que ella quería pasar por la puerta que él estaba obstruyendo en el mismo instante en que se dio cuenta de que estaba allí plantada. Por esta razón, no se movió ni un centímetro de donde estaba.

La chica no le recriminó nada. No le dirigió la palabra. Bruce entendió esto como un modo de respeto, más bien del terror. Que le infundía temor. Pensando en aquello, se regocijó para sus adentros. Sin embargo, para su equivocación y pesar, la chica habló desinteresadamente.

¿Se te han pegado los pies al suelo?

Él se sorprendió por la pregunta. Por su parte, Emma no esperó a que le respondiera, le dio un codazo, apartándolo de la puerta.

Eh... Cuidado con tus modales, señorita —reprochó.

Ella se giró con las mismas ganas que se habla a la pared y, sin mostrar ningún tipo de expresión, dijo:

Ve a molestar a tu juguetito, creo que acaba de llegar.

Sabía a quién se refería con aquello de 'juguetito'. Y ciertamente, no tenía ganas de molestarla; esta vez quería atormentarla de verdad. Que le entrase a esa tonta en la cabeza la situación en la que se encontraba. Habitualmente, la gente que entraba gracias a ayudas del Estado a Richroses no duraba ni tres días. Con un día de presión de Rimes se rendían y lo abandonaban. Sin necesidad de llegar a la violencia.

Quizá había sido más blando de lo normal y por ello no lo tomaba en serio. Pero él mismo se encargaría de hacer de la estancia de aquella estúpida un averno. Por un lado, le gustaba importunarla, se divertía más que con otra gente. La cara de esa chica era realmente graciosa y, cuando le miró el día anterior, en el comedor, con esos ojos de súplica, se sintió más vivo que nunca... hasta que le derramó el vino.

Es cierto. El vino. Ya casi había olvidado aquel detalle tan importante. Ella le empapó. Ahora él se encargaría de que ella acabara igual.



Cuando Spencer abrió la puerta de su clase, su pupitre seguía sin aparecer. Miró a su alrededor rápidamente. Pudo apreciar que Dalia la observaba con compasión y que Thomas ya se encontraba en el interior de la estancia.

Guardaba algunos de sus libros en su taquilla, al igual que el resto de la gente. Tenía algunos dentro de su cartera, pero le faltaba el libro de la materia que le tocaba a primera hora; había desaparecido junto al pupitre.

Estuvo pegada a la pared, de brazos cruzados y sin hablar hasta que sonó la campana y el profesor hubo entrado en la sala. En aquel momento, Spencer se dirigió al hueco donde el día antes estaba su asiento, y se sentó en el suelo. Todos la miraron con sorpresa. Dalia la contemplaba con lástima, Parker ladeaba a la cabeza en señal de desacuerdo y Miller la observaba en silencio.

Veo que sigue sin pupitre, señorita Turpin... —comentó el profesor Dent.

Nelson Dent era un hombre de pelo gris. Era alto y corpulento. Tenía la forma de la cara cuadrada, y su piel era morena. Siempre andaba con un aire severo en la mirada.

Sí, profesor —respondió ella tímida. Al sentarse en el suelo pretendía mostrar un gesto de reto pero en lugar de aquello transmitía su humillación.

Spencer no sabía a quien odiaba más, si a los profesores o a los alumnos. Comprendía que sus maestros estaban entre la espada y la pared, y que no podía hacer nada contra ese dinero que disponían aquellos chicos de élite. Aun así, a sus ojos no eran verdaderos maestros si dejaban pasar situaciones como aquella. Era, irónicamente, una realidad surrealista.

Bueno, está bien... ¿puede leer la página treinta y cuatro? —preguntó en un tono que a Turpin le resultó un intento de amabilidad frustrada.

Historia... Necesitaba el libro de historia, pero no lo tenía. Con vergüenza contestó:

No lo tengo...

El chirrido de una silla al desplazarse hizo que Spencer depositara su atención en Miller, que acababa de ponerse en pie. Con unos andares refinados fue hacia la papelera- Estuvo al lado del objeto, mirándolo fijamente y, finalmente, inclinó su cuerpo para sacar de él un libro de historia. El libro de Turpin.

Todo el mundo seguía con la vista cada movimiento de Miller, la cual se acercó hasta la chica y le extendió su libro con amabilidad. Spencer pudo ver como le dedicó una sonrisa afable y se estremeció. Había pensado que era una especie de Parker en femenino, sin dirigirle la palabra nunca a nadie, pero se equivocaba.

Gracias... —susurró aun algo conmocionada.

Ella regresó silenciosamente a su lugar y le volvió a dirigir una apacible mirada desde allí.

Dent carraspeó y Spencer leyó en voz alta, desde el suelo.

Recuperó su pupitre mucho antes de lo que pensaba. Después de almorzar en el césped, desde donde sus simpáticos compañeros le arrojaron restos de comida por las ventanas, subió al aula antes de que el timbre señalara el final del recreo. La clase estaba vacía a excepción de Megure, que se encontraba justamente en su sitio. Con su tablero entre las manos.

Ho-hola —saludó Dalia en pleno titubeo. Turpin se acercó a ella sin devolverle el saludó, con un destello de suspicacia en sus ojos de chocolate. Al notarlo, la rubia se aligeró en esclarecer lo que ocurría—. Lo escondieron en el pequeño almacén que hay en la tercera planta —movía las pupilas en todas las direcciones, sin atreverse a mirar a su compañera—. Lo siento —dijo de golpe, sin controlar su tono de voz. Cada vez estaba más alterada.

Aspirando con fuerza, Spencer alzó el brazo y lo dejó caer en la trayectoria de la chica, que cerró los ojos al ver venir una bofetada. Pero no llegó. Al contrario; recibió tres tirones de oreja mientras Turpin le sacaba la lengua con gracia.

No te preocupes —tranquilizó—. Y ahora deberías irte antes de que venga alguien y te vea conmigo.

Dalia la miró ofendida.

No voy a irme —dijo mientras se apretaba la falda.

Pero...

Se supone que somos amigas y no hice nada para defenderte... Hasta Miller te ayudó.

Spencer miró al techo mientras se mordía la lengua. No quería especificar que en realidad fue la única. Además, eso de hacerse llamar amigas cuando solo han hablado un día le parecía precipitarse, pero lo agradeció.

Vale...

La rubia la abrazó impulsivamente. De un modo tan tierno que le conmovió. Parecía una niña.

Y así pasaron dos días. La gente seguía metiéndose con Spencer, pero no era nada que ella no pudiera soportar, y con el apoyo de Dalia se sentía capaz de aguantar a esos desagradables.

Bruce Rimes pareció desaparecer desde que ella le arrojó aquella copa de vino. Lo único que hacía era agraviarla, pero no era la primera vez que hacía tales cosas y, para ella, era algo extraño. Por lo que permanecía temerosa por si decidía actuar de un momento a otro. 

Y así lo hizo.

Cuando caminaba por el patio del centro para volver a casa, viernes por la tarde, tres personas se detuvieron frente a ella. Eran tres chicos: dos de ellos de constitución muy delgada y el otro . La cogieron por los brazos y tiraron de ella mientras uno de ellos empujaba su espalda.

Forcejeó a pesar de que sabía que no serviría de mucho ya que eran tres contra uno, y ella no disponía de mucha fuerza. Se limitó a insultarles, era lo único que podía hacer. Su único modo de retarles era meneando las piernas en todas direcciones para que les fuese más difícil desplazarla. Pero, ¿qué querían de ella?

En un instante se vio en el segundo edificio del instituto: el deportivo. La llevaron a la zona de la piscina, la cual estaba cubierta, y cerraron la puerta. La soltaron con fuerza, impactándola contra el suelo.

Spencer se miró las rodillas, las cuales estaban algo despellejadas a causa del choque. ¿Por qué la habían llevado hasta allí? Eran tres chicos... No irían a... No, no. Imposible. Si al menos fuese algo atractiva podría darse semejante atrocidad. Aunque, mirándolo por otra parte, en aquel sitio la repudiaban tanto que estaba segura que con tal de causarrle daño serían capaces de maquinar lo que sea.

Estaba tan asustada que no se atrevía a mirarles. Cerró los ojos esperando que todo pasara rápido. Aunque no sabía que pretendía conseguir con aquel gesto, no iban a empuñar una pistola y disparar a su cabeza.

Entonces escuchó el sonido del agua agitarse y decidió abrirlos. Fue en aquel momento cuando vio a Rimes subiendo las escaleras metálicas de la piscina, coger su toalla y acercarse ella secándose el pelo mientras comentaba casualmente con su prepotente tono de voz:

Está prohibido bañarse sin gorro, pero yo lo hago igualmente...

Ella continuaba arrodillada en el suelo, con aquellos tres estudiantes a su lado. Se estremeció al verle y no podía apartar sus ojos de él. Cuanto más cerca estaba, más contemplaba su cuerpo. Ni muy delgado, pero tampoco excesivamente trabajado, simplemente perfecto. Los músculos de su brazo estaban delineados, al igual que su abdomen, que se marcaba sinuosamente. Spencer se vio tentada a abofetearse por admirar así a aquel demonio.

¿Por qué me has traído aquí? —preguntó con odio y terror.

Hoy hace un día bonito... Me he levantado con el alma plena. ¿Sabes qué? La otra mañana me desperté tranquilo, al igual que todas, y luego recordé el modo en que me tiraste lo que era mi bebida como si fuese acaso yo una planta a la que debes regar... —relataba con parsimonia—. Y no sabes lo sucio que me sentí. Aunque luego recordé que, con lo vulgar que eres tú, así debías sentirte habitualmente —se puso de cuclillas frente a ella y a una prudente distancia continuó—. Dime, Turpin, ¿no te sientes sucia?

Los ojos de la chica estaban fijos en el suelo. Veía sus propias manos temblar y se sintió muy vulnerable. No se atrevía a responder. Más bien, no le salía la voz.

Mira, Turpin... Será mejor que me contestes antes de que te obliguen...

¿Obligar? Levantó la mirada, reflejando su clara duda.

¿Qué...? —no llegó a terminar la pregunta. Uno de los chicos le había propinado una violenta patada en las costillas.

Se dejó caer de lado mientras se tocaba la zona golpeada con las manos. Si antes tenía miedo, ahora estaba completamente aterrorizada. Gemía de dolor y de terror. Miró a Rimes, y éste la observaba pensativo. Ella trató de descifrar lo que pensaba, pero sus ojos no reflejaban emoción alguna. No sabía si era odio, o que era, porque no se dejaba ver nada a través de ellos.

Dime, pequeña simplona —dijo Bruce acariciando con falsa delicadeza su mejilla, junto a un tono de cariño teatralizado—, ¿te sientes sucia? ¿Quieres darte un baño?

Spencer no entendía la finalidad de aquellas preguntas y comenzaba a ver borroso a causa de las lágrimas que se agrupaban en sus ojos.

Yo... —titubeó—, no. No quiero...

El pelirrojo sonrió retorcidamente.

Bien, pues ponte de pie —ordenó jocoso.

Experimentando todo el pánico en su piel y siendo un manojo de nervios, se irguió con dificultad, mientras notaba como le dolían aún las costillas.

Ahora quítate la chaqueta.

Ella obedeció mientras todo su cuerpo vibraba espantado. Su rostro estaba totalmente humedecido por su llanto y no dejaba de sollozar.

Muy bien —felicitó Rimes dándole una palmada en su acuosa mejilla—. Ya puedes tirarte a la piscina. Aunque si quieres puedes quitarte los zapatos.

No dio tiempo a que ella pudiera descalzarse y, antes de que se diese cuenta, estaba metida en la piscina. Emergió del agua y se aferró al borde. Una mano le agarró la cabeza y la impulsó hacia dentro nuevamente. Estuvo varios segundos ahí abajo hasta que la misma fuerza que la sumergió la sacó.

Yo nunca he tenido que recurrir a la violencia... —explicó Rimes mientras la miraba. Volvió a inundar su cabeza y a sacarla—. Dime que vas a dejar esta escuela —Spencer abrió la boca para contestar pero pronto se vio envuelta en agua otra vez hasta que la mano del chico devolvió su rostro al exterior.

Ese proceso lo llevó a cabo varias veces mientras los otros chicos miraban en silencio con cierto temor. Spencer no podía responder. No podía pensar. Solo quería respirar. Tragó agua. Y cuando llegó a su mente la nefasta idea de que moriría a manos de un estúpido narcisista, él le sacó del agua por fin.

En el basto suelo del pabellón, tosió como nunca había tosido, a la vez que se agarraba el cuello con las manos y lloraba desconsolada.

Él tiró de su pelo y colocó su cara frente a la suya. Cuando la apreció tan de cerca, con esos ojos rojizos, muertos de terror, sintió algo que hasta ese momento no había sentido. Un escalofrío recorrió su espalda mientras notaba cierta emoción que relacionó con la culpa. Pero lo peor de todo fue que pensó que estaba viendo la cara más inocente de su vida y le resultó realmente bonita.

Estuvieron atisbándose a los ojos un largo instante. Turpin no comprendía lo que estaba pasando, solo sabía que algo en la mirada de Rimes había cambiado. Algo en su forma de observarla.

Él liberó su pelo. La coleta de la chica estaba absolutamente deshecha y le caían mechones desperdigados por la cara. Su corazón palpitaba a una velocidad vertiginosa y las lágrimas continuaban derramándose.

No llores... Eres patética —comentó matizando su voz para que sonase indiferente.

Pero Spencer no podía parar. Lloraba nerviosa. Sin control alguno.

De pronto notó el impacto de una mano en su mejilla. Uno de los chicos había abofeteado su cara. Se llevó su mano hacía el pómulo golpeado y noto que le ardía. Rimes observaba como su blanca mejilla se volvía roja con cierta lástima.

Lo que vino después fue tan rápido que Turpin no pudo asimilarlo. Bruce le propinó un puñetazo en la mandíbula al chico que la había abofeteado, provocando que éste colisionara contra el suelo. También el chico que había pateado sus costillas recibió un rodillazo en la boca del estómago.

El tercero lo miraba con miedo. Rimes le pegó con el reverso de la mano en la cara. Todos miraban con miedo, en especial los dos que habían recibido los golpes más potentes.

¡¿Quién os ha dado permiso para ponerle la mano encima?! —interrogó furioso.

Nosotros no... nosotros no preten... —repetían tratando de justificarse asustados.

¡¡FUERA!! —gritó Bruce vigorosamente y todos salieron del pabellón a trompicones.

Solo estaban él y ella en el lugar. Spencer escuchaba los latidos de su corazón y se preguntó si él los podía oír. Bruce lanzó su toalla sobre la chica y se puso la camisa. Ella permanecía inmóvil en el suelo.

Sécate un poco —ordenó.

Spencer se quitó la toalla de encima lentamente. Le miró de un modo interrogante y él por su parte la atisbó secamente con unos destellos de apego.

Cuando la chica pudo asimilar todo lo que acababa de suceder, cogió su chaqueta con prisa y se puso en pie. Antes de salir corriendo, se acercó prudentemente y, con claro odio y rencor en su mirada, escupió en la impecable cara de Bruce. Un gesto que le daba miedo realizar, pero que a su vez, sentía que debía hacer, para demostrar que por mucho que él hiciera, no se iba a rendir y que no mancillaría su orgullo. Y escapó corriendo del lugar a toda velocidad, resbalándose torpemente de vez en cuando.

Por primera vez, Bruce pensó que aquel salivazo se lo merecía, pero era algo que jamás diría abiertamente. Miró a un lado del edificio y se fijó en que Turpin había olvidado su cartera allí tirada, pero había huido con su toalla. La recogió e inspeccionó en su interior. Sacó su billetera, la cual no tenía absolutamente nada de dinero, y pudo ver que en ella había una foto en la que aparecía junto a un chico de cabello color caoba. Ambos estaban indudablemente felices. Él pasaba su brazo por el hombro de la chica y ella sonreía tiernamente.

Aquella amplia sonrisa, inocente y sin rastro de maldad le conmovió... ¿Pero qué le estaba pasando? ¿Por qué ahora empezaba a sentir resquicios de apego por ella? Volvió a mirar la fotografía y a su acompañante y un sentimiento de rabia le fustigó.

En aquellos momentos no pudo evitar sentir que quería borrar la sonrisa de esa chica. Pero algo más contrastaba con ese sentimiento.



Spencer pasó la noche recordando parte por parte lo que había vivido. No quiso cenar, no tenía ánimos ni fuerzas para hacerlo. Subió a su cuarto directamente, aun llorando por lo que acababa de suceder. Se chocó contra su escritorio mientras escuchaba sus propios sollozos decorar el silencio de la estancia.

A su mente se dirigía el impacto de aquella patada, la fuerza de aquel bofetón, la mirada cruel de Bruce cuando le estaba haciendo aguadillas... ¿Por qué le hacía aquello? Había ido demasiado lejos. De insultarla y provocar que el resto de la gente hiciese lo mismo con ella a pegarle y torturarla había mucha diferencia.

De golpe recordó como atizó a los chicos que le pegaron y como le arrojó la toalla y su corazón se comprimió. Ahora estaba más confundida que nunca. No es que le fuese a perdonar por un par de gestos mínimamente humanos —aunque golpear a una persona no era muy humano—, pero sí logró aturdirla.

Además, aun estaba aquel acto que aconteció contra Rimes. Cerró los ojos pensando en como le sorprenderían esas esferas impactantes. Tenía algo de miedo.

Pero a su vez, se daba fuerzas pensando que una mala hierba como ella era difícil de destruir.

sábado, 5 de enero de 2013

Capítulo 02 - Una copa de vino.


Al entrar a casa, pasó de largo por la puerta del salón, donde sus padres estaban viendo la televisión.

Cielo, ¿qué tal el primer día? —preguntaron casi al unísono.

Spencer no respondió. Se limitó a ladear la cabeza en señal de desaprobación. Si tanto querían esa escuela, que fuesen ellos. Aquel lugar era terrible. Subió las escaleras corriendo y cerró la habitación de un portazo. Dejó caer todo su peso en la cama y sintió como una lágrima se deslizaba por su pómulo derecho. Estaba asustada.

No supo cuanto tiempo pasó. Permaneció mirando al techo con la mirada perdida. No quería hacer nada. Sabía que su pesadilla aún no había comenzado.

¡Toc, toc! Alguien estaba al otro lado de la puerta, llamando. No respondió. Sentía como si se hubiera quedado sin voz. Sin aguardar su permiso, su hermano entró.

Benjamin...

La cena ya está.

No tengo hambre.

Pen, ¿qué ha pasado? —quiso saber mientras se sentaba en un lado de la cama.

Ella se irguió hasta estar a su altura.

Que no quiero ir a ese estúpido instituto —dijo con la voz trémula.

Él acarició su cabeza como si estuviera con una mascota.

Venga, anímate. Papá y mamá están orgullosos de ti. Lo sabes, ¿no? —alentó.

Spencer descansó su cabeza en el hombro de su hermano.

Lo sé. Creí que no sería tan terrible, pero al parecer será peor de lo que imaginaba —expresó—. Ojalá me pareciese a ti, Ben.

Bejamin era un año menor que ella. Tenía el pelo castaño y los ojos color caramelo. Su cara ovalada era completamente simétrica, dejando entrever unos rasgos muy sutiles. Spencer siempre ha sentido que para ser hermanos eran muy diferentes.

¿A mí? ¿Por qué? —preguntó algo conmovido.

Porque eres guapo —comenzó—. Y eres extrovertido, alegre, simpático, divertido... No te cuesta decir lo que piensas. Todo lo opuesto a mí.

Al oír esto, rio cariñosamente.

Que tontería —comentó y ella le dirigió una mirada de soslayo—. ¿Pues sabes qué? Yo siempre he querido ser como tú: Pasar de los comentarios de las personas, poder recordar las cosas con facilidad, mantener siempre la frialdad en los momentos de tensión... y sobretodo, tener esa experiencia que tienes tú a la hora de discutir con la gente.

¿Tú crees? —dijo mientras se separaba de él.

Claro —afirmó—. Y te diré una cosa más: eres guapa. No sé porque siempre te empeñas en negar lo evidente.

Spencer dibujó una sonrisa en su rostro.

Y ahora vamos a cenar. Me muero de hambre —dijo Benjamin.

La cena transcurrió tranquilamente. Barbara y Richard estaban más callados de lo normal y Spencer y Benjamin se lanzaban miradas cómplices. Tras varios minutos de silencio incómodo, su padre decidió preguntar:

¿Has hecho amigos, tesoro? ese tono tan acaramelado que empleaban siempre sus padres le ponía algo frenética.

Bueno... He conocido a una chica bastante simpática —respondió escasa de ánimos—. Se llama Dalia Megure y está en mi clase.

¡Ves que bien! —Exclamó su madre dando una palmada con una sonrisa que a Spencer se le antojó de plástico—. Seguro que mañana harás el doble de amistades.

La chica rio sarcásticamente y de su boca escapó lo que pensaba de hacer amigos.

No creo, porque me odian al ser becada —dijo con retintín. Algo impropio de ella.

Su madre borró la sonrisa del rostro al instante para transformarla en puro espanto. Benjamin dirigió su mirada hacía otro lado para que no vieran su risa. Su padre carraspeó con la intención de decir algo, pero Spencer no estaba de humor para soportar los ridículos comentarios optimistas de sus padres.

Ya estoy llena —sentenció mientras se ponía en pie y recogía su plato—. Me voy a dormir, estoy cansada —cuando puso su camino en dirección a la cocina para depositar su vajilla, recordó:— ¡Ah! Se me olvidaba, los precios en el comedor son desorbitados, así que tendré que llevarme la comida de casa.

Tras haberse liberado de su detestable uniforme, cubrió su cuerpo con una camiseta ancha y soltó su larga melena. A continuación se introdujo en la cama. Su conversación con Ben había logrado animarla. No sabía qué pasaría exactamente. Pero trataría de no deprimirse.

Aun así, mientras daba vueltas sobre el colchón, a su mente acudieron aquellos fríos ojos... Extraños... Únicos. Aún estaba nerviosa por saber que pasaría. Pensando en ello, se relajó hasta caer dormida.



Cuando puso los pies dentro de Richroses por segunda vez, no se lo creía. Caminaba temblando, expectante. Al entrar al aula, todas las miradas se posaron en ella. Parecía que había entrado el mismísimo presidente. Como las clases no habían comenzado todavía, algunos se encontraban en pie o en pequeños grupos.

Spencer encontró a Dalia ya en clase, pero ésta esquivó su mirada con miedo. Pronto pudo inferir lo que acontecía: Rimes había movido ficha. Tomó asiento en su pupitre, el cual encontró afectado. Sus compañeros habían tenido la molestia de llenárselo de dedicatorias repletas de afecto. Pudo leer algún "idiota", "muérete", "pobre" o "fea" —sin contar los que le parecían excesivos incluso a ella, una chica 'vulgar' de clase media—.

Trató de borrar aquellos garabatos, pero no pudo.

«Seguro que esos estúpidos niños de papá tienen rotuladores por valor de un millón de libras. Imposibles de borrar» —pensó con tirria.

No tardó en dejar de intentarlo. Es más, no vio por qué debía hacerlo.

En cuanto el profesor entró, se sumió en el mundo de la lógica y las matemáticas. Pero el propio maestro, lo interrumpió.

Turpin, ¿se puede saber que es esa mesa? Limpie ese desastre.

Ella apretó los puños, ¿cómo se atrevía? Su respuesta iba a ser un claro "Ahora mismo, profesor" pero pronto recordó las palabras de Benjamin y de como ella misma decidió plantarle cara a la vida la noche anterior.

Disculpe mi insolencia, profesor, pero creo que las personas responsables deben ser las que lo limpien —desafió con algo de miedo.

Sentía como caía un sudor frío alrededor de su mejilla y que su cuerpo temblaba. Percibía los susurros del resto de alumnos a sus espaldas. El profesor se ajustó las gafas y suspiró. Cuando fue a abrir la boca para hablar, la puerta de clase fue abierta.

Ahí estaba otra vez, el chico callado de la clase. Tan despeinado y descuidado como el día anterior. Sin dirigirle la palabra a nadie, se dirigió a su respectivo lugar. El maestro decidió llamarle la atención.

Señor Parker, debería ponerse el despertador antes —recalcó.

Thomas le miró con enojo y acto seguido, se puso a dormir.

Mientras transcurría la hora, la gente aprovechaba cada distracción del profesor para lanzarle bolas de papel a Spencer, que cada vez estaba más incómoda. Y así transcurrieron varias clases. En el momento en que se giró para dedicarle una mirada enfurecida a los responsables de su afligida mañana, fue sorprendida por un misil en dirección a ella. En un acto reflejo, lo esquivó, suscitando que golpeara a Thomas Parker.

Todo el mundo lo observaba con cautela. Algunas personas estaban expectantes; incluida la propia Spencer. Estaba segura que pasaría una semana, o dos, o tres, o incluso meses, y nunca escucharía su voz.

Con modorra, Thomas recogió el lápiz que habían lanzado del suelo. Con la misma expresividad que una piedra, lo arrojó con furia hasta la pizarra. El impacto fue sólido y el objeto se partió por la mitad. La profesora de lengua inglesa lo cogió con sorpresa y lo tiró a la papelera. Pero no dijo nada. Parker, por su parte, volvió a cerrar los ojos.

Spencer, poco a poco, iba comprendiendo la actitud de sus maestros: Tenían miedo de sus propios pupilos. Podían jugarse el trabajo si los enfadaban. Los profesores no tenían autoridad. Los estudiantes mandaban. El dinero mandaba.

La hora de la almuerzo la pasó sola. Se sentó en la zona verde tal y como hizo el día anterior, aunque pronto quiso desaparecer al comprobar como ese sentimiento de repulsión hacia su persona ya lo disponía todo Richroses.

Al entrar nuevamente a clase, su pupitre ya no estaba. ¡Genial! ¿Y ahora qué? ¿De dónde sacaba ella un pupitre? La campana sonó, y el aula no tardó en disponer la presencia del maestro. Pero ella seguía sin asiento.

Mírala, va a echarse a llorar... —murmuró una voz de su alrededor, seguida de una risa impertinente.

Aquel comentario fue el 'click' que puso de nuevo su capacidad de raciocinio en marcha. Podía ir a la sala de profesores y pedir un pupitre. Y eso haría. Así de simple. Con educación, se acercó a la persona que estaba impartiendo clases aquella hora para solicitar su permiso y abandonar el aula.

Salir de aquella estancia fue fácil, lo complicado era que las personas del departamento cedieran para darle un pupitre.

Pero es que ha desaparecido —insistía, tratando de ser paciente.

Una mujer en traje y pelo rubio marchito fue la única que tuvo la decencia de prestar atención a su demanda. No paraba de ajustarse sus alargadas gafas para contemplar a la chica, y Spencer empezaba a sentir que no la estaba escuchando y tan solo pensaba en lo vulgar que era. Al parecer no era otra que la subdirectora. Una de las personas más estiradas del centro.

Oh, ¿quiere decir que a su mesa le han salido patas y ha huido, señorita Turpin? —preguntó realizando ese impertinente gesto con sus lentes.

Bueno, técnicamente patas ya tenía... —comentó Spencer, que rectificó fugazmente al ser consciente de la mirada de desaprobación de su superior—. Quiero decir, en sentido literal... Usted ya me entiende. El problema es que mis compañeros de clase y yo no hemos empezado con buen pie y creo que pretenden hacérmelo pasar mal este curso.

La expresión de Rita Lumstrong, que así se llamaba la mujer, cambió de inmediato.

Señorita Turpin, esa es una acusación muy fea. En vez de empeorar las cosas, trate de hacer amigos —aconsejó desinteresadamente. Y sin pronunciar nada más, regresó a sus asuntos.

Estaba claro que estaba sola en aquello. Los profesores eran la peor opción en la que confiar. Está bien. Si no la socorrían, tendría que luchar sola.

Cuando fue a abrir la puerta de clase, para entrar nuevamente en ésta, sintió como un dolor agónico se alojaba en su estómago, martirizándola en silencio. No podía entrar. Estaba nerviosa. Nerviosa por saber que se cernía sobre ella. No había visto a Rimes y en esos momentos pocas ganas tenía. ¿Cómo podía el valor que tenía instantes atrás desvanecerse tan rápido?

Tuvo la mano en el picaporte durante un prolongado momento. Temblaba como una pluma. Su mirada permanecía perdida, debatiéndose cual era la opción correcta. Entrar o no. Desconocía la respuesta. Y el desconcierto era algo que siempre temía.

Sin saber con exactitud como, pasó el tiempo hasta que llegó la hora de comer en el aseo de las chicas; en el baño del fondo. Sentada, sobre la taza del váter, abrazándose a sí misma mientras maldecía la buena hora en la que quiso regalarles sonrisas a sus padres a base de su esfuerzo y determinación.

No quería asistir al comedor, pero el hambre comenzaba a acuciarla. Por suerte, llevaba su cartera encima, con algunos de sus libros —los otros los olvidó en su aula— y la comida que trajo de su casa. Fue a abrir la fiambrera y a equipar su mano con un bonito tenedor de plástico, pero unas voces femeninas y pijas la detuvieron.

¿Dónde se habrá metido la pobretona?

Ni idea, pero al parecer Bruce la busca... —dijo mientras reía maliciosamente.

Spencer entreabrió cuidadosamente la puerta del servicio y pudo visualizarlas. Una tenía el pelo de un color pelirrojo, de bote, y la otra unas largas extensiones rubias. Ambas estaban acicalándose frente al espejo, con su maquillaje de altos precios.

Quiere que se presente en el restaurante —dató la rubia.

¿Restaurante? Sí, aquello parecía más un restaurante que el comedor de una escuela.

Sí, pero seguro que esa ya no vuelve. Es como una rata —las dos amigas rieron al unísono tras el ingenioso comentario.

Al oír aquello, Spencer abrió la puerta violentamente, provocando que se sobresaltaran. Se sentía con nuevas fuerzas. Estaba asustada por encontrarse con a quel chico pero, a su vez, quería verlo.

Pasó cerca de las estudiantes y unas ganas de importunarlas la invadieron.

¡Oh! —Exclamó mientras se miraba las manos—. Me he olvidado de lavarme, bueno, no importa, soy una vulgar —y con una sonrisa de estar disfrutándolo, fingió que se limpiaba en la chaqueta de una de ellas.

Las dos chicas se miraron perplejas cuando la becada hubo abandonado el aseo.



En una mesa del fondo estaba sentado Bruce Rimes, paciente. Esperando a la recién llegada Spencer Turpin. Al verla entrar, una sonrisa maquiavélica apareció en su perfecta cara.

Nadie apartaba la vista de Turpin, quién había aparecido decidida e iba directa al rey del instituto. Sentado en su trono. Solo faltaba su corona.

¿Se puede saber qué has hecho? —interrogó sin esperar en saber las razones por las cuales quería verla.

¿Yo? Nada.

¿Y por qué el trato de mis compañeros ha cambiado?

Bruce enarcó una ceja.

Bueno, ¿por qué ha aumentado su odio hacia mí? —corrigió ella.

Muy fácil, he dicho en voz alta que no te soportaba y todos han decidido compartir mis sentimientos. Se llama solidaridad —explicó con suficiencia.

No me voy a dejar pisar por ti —declaró.

¡Vaya! Interesante... Ven, toma asiento, ¿no te apetece comer conmigo hoy? —dijo extendiendo la mano en dirección al hueco de enfrente.

Ella miró a su alrededor. Todo el mundo permanecía mirándola, como si fuese un gran espectáculo. Pero notó algo extraño. Algunas personas parecían en guardia. Atentas a cada uno de sus movimientos, preparadas para atacar.

«¿Qué es esto?» —pensó—. «¿Acaso son sus guardaespaldas o qué?»

Se sentó frente al pelirrojo algo tensa. Aquella mañana era delirante. No dejaba de sentir como sus fuerzas iban y venían como turistas. Era su segundo día y ya se veía necesitada de ayuda psicológica. Su modo de ánimo cambiaba radicalmente cada dos por tres. Solo esperaba no seguir así durante todo el curso porque acabaría en un manicomio.

Rimes miró lo que parecía una carta. La carta de platos del restaurante. Spencer no reparó en aquello el día anterior, pero era algo irritante. Esos chicos de la élite gozaban de lujos donde quiera que estuviesen.

¿Qué te apetece comer? ¿O no tienes dinero? —se burló.

No necesito comer lo mismo que gente sin personalidad como vosotros —replicó—. ¿Tenéis una carta? ¿Y el camarero?

En realidad sólo yo dispongo de carta. El resto de estudiantes se adaptan a lo que el mostrador les ofrece. Y sobre el camarero... —miró a su alrededor— cualquiera de estos inútiles matarían por servirme.

No podía creer lo que oía, estaba atónita. Todo lo que decía lo hacía en voz alta, sin importarle que le oyese el resto de la gente.

Era cierto que tú eras el peor de todos —comentó mientras sacaba su fiambrera del bolso y le dedicaba una mirada de repulsión.

Bueno, al menos yo tengo dinero para comprar la comida —habló risueño.

Que no me sobre el dinero no significa que viva debajo de un puente —dijo a la vez que notaba como le hervía la sangre, ¿por quién la habían tomado?

Pero es que todo de ti es tan pobre... No solo tus baratos zapatos, también tu físico... —aclaró mientras la miraba de arriba a abajo con desdén—. Tienes un pelo tan descuidado, ese recogido es muy cutre... resalta la simpleza de tu cara.

Ella sentía como se mareaba a cada palabra que decía. No podía apartar la vista de esos ojos penetrantes. Él seguía hablando, su mente estaba en otra parte. Aquellas palabras, le afectaban de un modo extraño.

Un alumno de un curso menor trajo lo que parecía vino, y Spencer observaba incrédula como lo servía en una copa.

¿E-Eso es vino? —su cara de sorpresa era una evidencia.

Sí. Me sorprende que sepas lo que es... —se burló él—. En fin, la gente de tu calaña no puede permitirse averiguar su sabor...

Spencer no pudo ver su cara en aquellos instantes, pero estaba segura de que era ridícula, ¿qué sería lo próximo? ¿Champán?

Tras agitar la copa un largo instante, le dio un sorbo y la devolvió a la mesa a la vez que su mirada burlona se pavoneaba de ella. Spencer permanecía con los puños bajo la mesa, apretándolos con fuerza.

¿Cuándo vas a dejar el instituto? —interpeló de golpe.

¿Qué?

No creo que dures mucho más aquí... Además, esto solo acaba de empezar. Ya te dije que esto sería un infierno para ti.

Y tú eres el diablo... —susurró sin que él fuera capaz de oírla... Desde que terminó la hora del almuerzo se sentía débil emocionalmente, pero desde que se sentó allí estaba aun peor. Trataba de interpretar el papel de chica a la que no le importaba nada en vano. Cada vez estaba más inquieta y sentía como se sofocaba—. ¿Por qué yo?

Bruce delineó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Creo que ya te lo dejé claro: porque eres becada. Si te soy sincero, quizá si hubieses sido algo guapa las cosas fuesen diferentes, pero eres fea.

Los ojos de Spencer se humedecían y trataba de hacer lo posible para que la persona frente a ella no lo apreciara, porque sería una nueva satisfacción para él. “Eres patética” fue lo último que dijo antes de que la chica le rociara de vino toda su armónica cara.

Un silencio sepulcral inundó toda la sala.

Sin mediar palabra, Turpin abandonó la estancia dejando a todos los habitantes estupefactos. No volvió a las clases de después.

Aquella noche fingiría que todo había salido decentemente. Como era de esperar, no le hablaría a sus padres de su problema en la escuela, pero tampoco se lo mencionaría a Benjamin. No quería preocuparlo. Si ocurría algo de debida importancia, lo diría.

Un chico bañado en vino observaba patidifuso a una chica con la falda hasta las rodillas y una coleta que daba tumbos al compás de sus pasos alejarse. Tardó en reaccionar y asimilar lo que acababa de ocurrir. Aquella insoportable pobretona se había atrevido a desafiarle. Dio un golpe a la mesa con rabia y, tirando la silla, se puso en pie. La gente era testigo del panorama con miedo.

¡¿Qué miráis? —preguntó a gritos, cegado por una furia incontrolable.

Todo el mundo abandonó el lugar antes de que Rimes desatara su ira con ellos.

Spencer Turpin había despertado todo su mal interior.
  

miércoles, 2 de enero de 2013

Capítulo 01 - Richroses.

Simple. Esa era la mejor palabra que, según la propia Spencer, le definía. Cuanto más tiempo transcurría ante el espejo, más lo pensaba. Sus ojos marrón chocolate y su melena oscura no contribuían a que cambiase de opinión.

Aquella mañana vestía un elegante uniforme azul marino. De chaqueta y falda. Sus pies lucían unos zapatos de cuero —los más baratos del mercado—, acompañados de unas calcetas blancas. No localizaba palabras, ni lo suficientemente buenas, ni convincentes, para justificar lo que odiaba aquel atuendo. Se sentía aprisionada.

Sin embargo, estaba obligada a fingir una sonrisa.

¡Estás maravillosa! —exclamaba rebosante de felicidad su madre.

En una hora comenzaba las clases en el famoso Instituto Richroses, el más caro de Londres. Sus padres estaban eufóricos de ver a su hija vestida con el uniforme de una escuela de prestigio. El precio de la matrícula de aquel centro privado era inalcanzable para la gente de clase media, como era el caso de la familia Turpin. No obstante, Spencer fue admitida gracias a la beca que adquirió. Y todo lo debe a las brillantes calificaciones que obtuvo en su anterior centro.

Desde que era niña, ha tratado de complacer los codiciosos deseos de sus padres. No estudiaba por placer, más bien lo detestaba. Para ella no existía en el mundo actividad más soporífera. Pero no podía oponerse a sus padres. Al igual que no pudo rechazar la plaza en Richroses.

Vete ya, o perderás el autobús —dijo su padre mirando el reloj.

Sí.

¡Espera! —retuvo su madre—. ¿Piensas ir así?

Spencer frunció el ceño, ¿cómo que así? Buscó algún tizne en aquel impecable traje, pero no había rastro.

¿Qué pasa? —preguntó sin borrar aquella expresión dubitativa.

Pues que no te has recogido el pelo —indicó—. Ven, cielo. Te voy a peinar.

En pocos segundos, su madre, Barbara, le hizo una coleta alta, la cual quiso adornar con un lazo blanco, pero Spencer lo impidió. Su flequillo ligeramente cortado hacía un lado le favorecía junto a aquel recogido de melena. Al igual que no le gustaba estudiar, tampoco sentía mucho afán por llevar el cabello arreglado; le bastaba con cepillárselo y llevarlo suelto. Libre.

Se puso en pie y, tras despedirse de las miradas entusiastas de Barbara y Richard, partió a las clases.

No existía un autobús escolar para Richroses, algo que la sorprendió cuando supo de ello. En su anterior instituto, había cientos de autobuses y los alumnos siempre tenían que arremeter los unos con los otros para adquirir asiento. Por tanto, para llegar a aquel centro privado, tenía que subir en el autobús local —ya que su destino era próximo a él.

Al bajar del transporte, tuvo que caminar dos calles. Llevaba colgada su cartera. Su madre la quería cambiar por uno de esos maletines que acostumbraban a llevar los empresarios, lo cual no lo consintió. Le gustaba su cartera. La utilizaba desde hacía tres años y era lo que le recordaba a la escuela pública.

Cuando dobló la esquina y vio su destino de cerca, sus pies no la obedecían. Era uno de los edificios más grandes que había visto jamás. Verlo en persona era abrumador, nada que ver con la impresión que le causó en las fotografías. La reja de la entrada parecía proteger una suntuosa mansión —aunque no dudaba de los lujos del centro— y recordaba ligeramente a la época del romanticismo. Parecía un ostentoso pequeño palacio.

En la entrada al recinto se aglomeraban montones de coches. Todos ellos eran de grandes marcas. Pudo ver Lamborghinis, Bugattis, Rolls-Royces... ¡incluso divisó una limusina! Aquello era otro mundo. El mundo de la élite.

Después de meditarlo durante un tiempo, puso sus pies en marcha. A cada paso que daba, podía apreciar como todo su cuerpo se tensaba. Las chicas lucían sus faldas en corto, mucho más de lo normal. Spencer se sintió estúpida al comprobar con cierto horror como ella era la única que vestía la falda hasta las rodillas.

Al ser nueva en aquel desconocido lugar, tuvo que perder el tiempo buscando donde estaba la conserjería y, así, poder documentarse del paradero de su aula. Fue una pesadilla. El instituto estaba formado por dos edificios unidos por varios puentes. Uno era donde se impartía las clases deportivas y algunas optativas, y el otro donde estaban las aulas. Estuvo más de cinco minutos dando vueltas faltas de orientación. Apenas quedaba tiempo para que la sirena sonara y seguiría allí perdida.

En el segundo piso, a lo largo del pasillo, apreció una alta figura, apoyada en el marco de uno de los ventanales. En menos de media hora pudo observar a diferentes personas, chicos y chicas, que destilaban elegancia y finura por todos sus poros. Pero aquella efigie, que se agrandaba cuanto más cerca estaba ella, era diferente. Era sumamente elegante y, además, poseía un estilo único. En aquel preciso instante, solo se encontraban él y ella en el pasadizo.

Disculpa... —dijo Spencer con timidez y recelo—. ¿Serías tan amable de decirme donde está el aula de primero de bachillerato... letra D?

El chico posó su mirada en la de ella y Spencer pudo sentir como todo su mundo se tambaleaba. Aquel rostro era lo más cautivador que había tenido el gusto de contemplar en sus dieciséis años de vida. Su pelo era rubio rojizo y varios mechones caían por su frente hasta rozar su vista. Su tez era blanca y delicada. Era como porcelana al lado de la corriente piel de ella. Lo que más atrajo la atención de la chica fueron sus ojos: dos orbes verde grisáceo, pálidos y apagados pero, a su vez, intensos y sensuales...

Está aquí mismo —respondió—. Al final del pasillo, a la izquierda.

¡Gracias! —exclamó alegre, a pesar de que le temblaba la voz.

Fue a clase, con la imagen de aquel chico en su cabeza sin saber su nombre. Al entrar al aula, estaba todo el mundo conversando. Tomó asiento en el primer pupitre que encontró desocupado. Ninguno de los estudiantes le dirigió la mirada. Sentada, en silencio, observaba su alrededor. Se fijó en que las chicas tenían una voz aguda que resultaba desquiciante. Cabelleras ahogadas en laca, joyas, Rolex, bolsos de Vuitton... Cada vez estaba más convencida de que no pintaba nada en aquel lugar. Ya había oído que allí acudían todos los niños ricos de Londres y cercanías, pero jamás creyó ser capaz de corroborarlo.

Al sonar la campana, todos acudieron a sus respectivos e, instantes después, apareció el maestro.

Hola. Para el que no lo sepa, mi nombre es Nelson Dent, y seré vuestro tutor y profesor de historia —se presentó—. Un nuevo curso comienza y debemos estar preparados para... —el tutor inició el clásico discurso que Spencer estaba harta de oír y, pensando en lo agotada y hastiada que estaba, desconectó por completo—. ...por esto, debemos decretar quienes somos, ¡porque vosotros lleváis en la sangre el futuro de Inglaterra! —concluyó con emoción—. Y ahora, paso a comunicaros que tenemos una nueva alumna en el centro, y no me refiero a los de primero de secundaria —rio él solo ante lo que se suponía que era una gracia—; está en esta clase. Es una estudiante becada, su nombre es Spencer Turpin. Por favor, Turpin, póngase en pie y preséntese.

La petición del maestro fue como una bomba de ácido. ¿Presentarse? ¿Qué debía decir exactamente? ¿Su nombre? ¿Edad? ¿Que había estado en aquel centro media hora y ya tenía ganas de huir bien lejos? No. No era buena a la hora de entablar amistad y mucho menos cuando se trataba de hablar sobre sí misma, por poco que sea, delante de un puñado de desconocidos que, al saber que era becada, dibujaron una expresión de rechazo en su rostro.

Yo... Soy Spencer Turpin... —se introdujo indecisa—. Tengo dieciséis años... Me gusta leer y... —no pudo terminar la frase porque fue interrumpida por el sonido de la puerta siendo abierta con violencia.

Todos posaron su atención en el chico desaliñado que había entrado. Su pelo azabache estaba completamente despeinado y solo bostezaba y se rascaba la nuca. Caminó sin pronunciar palabra hasta el asiento y, sin decir nada, se puso a dormir.

Bien, Spencer. Es suficiente —ordenó el profesor.

Las clases transcurrieron, por fortuna, rápidamente. Sin embargo, pudo escuchar algún "simplona" y "pobre" dirigidos a ella. Descubrió que el moreno callado se llamaba Thomas Parker. Y entre todos sus compañeros, él fue el único que le dio buenas vibraciones.

Pronto llegó la hora del almuerzo y no sabía donde meterse. Miró a su al rededor y encontró a otra persona captora de su interés. Era una chica con el cabello extremadamente corto, como un chico, y pasaba el tiempo mirando a través de la ventana. Se puso en pie con la intención de ser capaz de hablar con ella, pero otra chica la retuvo.

¡Hola, Turpin! —saludó animada—. Soy Dalia Megure.

Megure tenía la piel blanca, muchos más que aquel chico que se encontró antes de entrar a clase. Su pelo era muy largo y le caía en ondas rubias hasta la cintura. Sus ojos eran grandes y redondos y de un color miel muy especial.

Hola... —dijo con desconfianza.

¿Quieres que almorcemos juntas? —propuso—. Podemos sentarnos en el césped.

Al ponerse en pie y estar más cerca de ella, pudo apreciar que era un poco más baja que Spencer y no llevaba maquillaje. Era muy femenina y sus temas de conversación iban más allá de esmaltes y vestidos.

¿No compras en la cantina? —preguntó Dalia.

Ah... no.

El Richroses contaba con comedor y cantina, pero ella se había llevado una fiambrera con pastelitos de su casa. Le encantaba cocinar dulces. Traía magdalenas y bizcochos de chocolate.

¡Oh! ¿Qué es eso?

¿Esto? Bizcochos y magdalenas... los he hecho yo —explicó entrañada ante la pregunta —. ¿Quieres probar alguno?

Dalia dudó, pero finalmente agarró un trocito de bizcocho y se lo llevó a la boca.

Está bueno.

Gracias, lo he hecho yo —dijo sonriente.

¿Tú? ¿No te cocina el chef?

¿Chef? Spencer no sabía que responder. Por supuesto que no le cocinaba el chef. No tenía ninguno. Ni sirvienta, ama de llaves o mayordomo. Jamás los tendría. Además, siempre ha pensado que puede hacerse cargo de sus cosas, es más, se sentía inútil si alguien las hacía por ella.

Antes de responder, un estudiante pasó corriendo cerca de ellas. Estaba agitado y nervioso. Se dirigió a un grupo de alumnos que estaban almorzando. Ambas pudieron escuchar lo que decían.

Él chico preguntó si alguien tenía un dulce, el cual no entendió del todo el nombre. Lo que sí entendió fue un “Rimes se ha quedado sin”.

En seguida todos buscaron entre sus cosas. Y cedieron los alimentos que habían comprado para dárselos a aquel chico que, en cuanto los obtuvo, desapareció a trote.

¿Quién es Rimes? —quiso saber Spencer.

Bruce Rimes. Es el multimillonario más poderoso de Londres, y de toda Inglaterra —explicó Dalia—. Su familia dona ingentes cantidades de dinero cada año al instituto. Por su riqueza, todo el mundo quiere ser su amigo, las chicas buscan cazarlo... Es como el rey de Richroses.

Entiendo... —murmuró—. Debe de ser duro que solo te quieran por tu nombre.

No, Turpin...

Llámame Spencer.

Pues Spencer... No debes sentir pena por Rimes nunca —prosiguió—. En este sitio la gente es retorcida. Es egoísta. Pero él es el líder. El jefe. Todos se reducen a piezas en su caprichoso juego. Lleva cuidado con él.

Aquellas palabras la conmocionaron. Dalia estaba describiendo a una especie de monstruo.

Yo... no sabría distinguirlo si lo viese en persona —comentó.

Es guapo. Y tiene nuestra edad —describió.

Ya veo.

Las clases continuaron y antes de darse cuenta, llegó la hora de comer. Dalia y ella bajaron al comedor, que era una gran estancia de paredes plateadas. Las mesas del lugar eran redondas y de diseño, al igual que las sillas. Había un mostrador de cristal con comida y divisó varios cocineros. Parecían sacados de los programas de cocina que tanto veía su madre.

Su estómago suplicaba por algo de comida. Se aproximó al mostrador para ver que podía escoger pero el cielo cayó sobre ella al ver los precios. Aquellos desorbitados precios... Todo era suculento y apetitoso, pero no lo normal para servirse en un centro educativo: tostadas con caviar, gambones al vapor, foie, entrecots bañados en diversas salsas...

Ella misma se veía como una alienígena que había caído accidentalmente en un planeta desconocido.

Dalia comenzó a servirse desde que atravesaron la puerta. Al percatarse de que su compañera no estaba cogiendo nada, preguntó:

¿No comes?

Se me ha olvidado el dinero —se excusó—. Por suerte no tengo mucha hambre.

Yo te invito —declaró sonriente.

Spencer se sentía violenta. Era perfectamente consciente de que los ingresos de la familia Megure eran el séxtuple o más que los de la suya. Aun así, seleccionó lo platos más baratos.

Nunca imaginó que conocería tan temprano a Rimes. En aquellos momentos, ella estaba sentada de espaldas a la puerta principal cuando oyó el estruendo de una silla siendo lanzada contra el suelo.

¿Qué crees que haces? Estás en medio y no puedo pasar —era una voz retorcida—. La gente entra y sale por aquí. Estorbas.

¡Oh, no! Es Rimes —dijo Dalia con pavor—. Le acaba de dar un rodillazo en la boca del estómago... —comentaba los sucesos—. Ya se va... Menos mal, por suerte no le ha hecho nada.

Turpin no tenía el valor para girarse, por lo que su cara seguía siendo un misterio para ella.

No deberías alegrarte. Lo que ha hecho está mal —aleccionó—. Una persona cuyo disfrute es apalizar al resto dice poco a su favor.

En realidad no abusa físicamente de la gente, más bien es psicológico —aclaró Dalia.

Spencer asintió en silencio. No llegó a ver al chico, pero en su mente era un ser horrible.

Finalmente, las clases concluyeron. Dalia y Spencer se despidieron a la salida. La primera entró en un bonito coche blanco y la segunda puso rumbo a la parada de autobús. Apenas caminó media calle cuando una voz la sorprendió.

¡Eh! —ella se giró y pudo admirar al chico pelirrojo de hacía varias horas—. Hola, ¿encontraste el aula?

La chica estaba estupefacta. ¿Se estaba dirigiendo a ella? Miró fugazmente a su alrededor. Sí, se estaba dirigiendo a ella.

Hola... sí... —respondió con voz temblorosa. —Soy Spencer Turpin.

Encantado. ¿A dónde vas? —preguntó amablemente, mientras caminaban—. ¿De compras?

Pues... —Spencer no estaba segura de que debía contestarle. Los de su clase descubrieron que no formaba parte de la élite y le hicieron el vacío, ¿cambiaría él su trato con ella al descubrirlo? Aún algo vacilante, respondió—. Iba a coger el bus para ir a casa.

Su compañía frunció el ceño en claro desconcierto.

¿Le ha pasado algo a tu chófer?

Ella cerró los ojos y respiró profundamente. Aquella situación comenzaba a desquiciarla. Desde que comenzó la mañana, sólo había oído hablar de chefs, de chóferes, de marcas ostentosas y otras cosas banales y superficiales que no iban con ella.

No, no le ha pasado nada —contestó—. No tengo chófer.

Spencer no necesitó mirarle para saber que estaba obviamente sorprendido.

¿Y eso?

No tenemos dinero —declaró con orgullo.

¿Qué? Entonces, ¿cómo os habéis permitido el coste de matrícula y uniforme? ¿Y el precio del comedor?

Bueno, soy becada —certificó—. Todo, está aquí —señaló su cabeza. Cierto era que no le gustaba estudiar, pero si podía presumir de su capacidad para retener información y de su inteligencia, lo hacía—. Eso sí, no sé que haré a la hora de comer. Supongo que me llevaré yo la comida de casa.

Ya veo. Normalmente los estudiantes becados no son bien recibidos.

Sí, me he dado cuenta. Pero, ¿sabes? Me da igual. Quien me preocupa es ese tal Bruce Rimes —comentó—. No le conozco personalmente, pero al parecer es un déspota. Odio a la gente como él. Me parecen horribles.

El chico frenó en seco y ella hizo lo mismo. Entonces él sonrió y a Spencer se le antojó que era una sonrisa perversa y maquiavélica. Misteriosa. Pero también hermosa.

Es más que un déspota, Turpin. Consigue todo lo que quiere con un mero chasquido de sus dedos —comenzó a decir mientras se acercaba lentamente a ella—. No le importa nadie. Solo piensa en él —antes de darse cuenta, sus rostros estaban a escasos centímetros—. No te conviene hablar así, puedes meterte en serios problemas —sus ojos verdes grisáceos se clavaban en los de ella como dos punzones.

Bu-bueno... —balbució—. Tú no dirás nada... ¿verdad?

¿Yo? No será necesario —comunicó—. Puede que ya esté enterado.

Pero si aquí solo estamos tú y yo...

Cierto, solo estamos tú y yo —se separó de ella hasta estar a una distancia prudente—. Pero dime, ¿has visto la cara de Bruce Rimes acaso? —interrogó, sin borrar aquella sonrisa.

N-no... —negó torpemente. Entonces una idea atravesó su cabeza como una estrella fugaz. Sus piernas comenzaron a temblar mientras pensaba en ello. No podía ser—. Tú...

No deberías hablarle a un desconocido tan abiertamente... sobre otra persona —aconsejó con sorna—. En especial si no conoces el rostro de ésta.

Yo...

Antes de que pudiese parpadear, la expresión del chico cambió completamente. Su mirada reflejaba puro odio. Con rapidez, sostuvo la barbilla de la chica entre sus dedos, dirigiéndola hacía su imagen. Ella sentía como hacía más presión con sus extremos en su cara y profirió un gemido ahogado, enteramente involuntario.

Sí, soy Bruce Rimes —declaró—. Y te diré una cosa de Bruce Rimes que quizá ya sepas: odia a la gente becada. ¿Y sabes por qué? —Spencer negó con la cabeza. Estaba asustada. La gente pasaba al lado de ellos y no hacían nada—. Porque este sitio no es para vosotros, ¿entiendes? Son lujos que jamás podréis permitiros. Fue creada para abrir los ojos de la sociedad. No somos todos iguales y, por tanto, no debemos mezclarnos. Y aun así, las estúpidas becas mancillando ese perfecto mensaje.

Yo... Lo siento. No sabía quien eras —trató de arreglar inútilmente.

Más lo siento yo, pero no voy a cambiar de parecer contigo.

Liberó la cara de la chica y ésta se la acarició sin apartar la vista de Rimes. Él le sonrió.

Enhorabuena, Turpin. Acabas de reservar una plaza en el infierno.