sábado, 26 de enero de 2013

Capítulo 04 - Domingo.

Pasó toda la tarde del viernes sentado en el sillón color verde esmeralda del salón, observando absorto la billetera de Spencer. En la mansión Rimes nunca había nadie. Su padre siempre estaba fuera del país por negocios, al fin y al cabo su familia era dueña de un poderoso imperio. Por su parte, la madre de Bruce rara vez salía del ala este de la casa y su hermana estudiaba en una universidad de Francia.

Cuanto más observaba el objeto de la chica, más seguridad le entraba de saber que algo había hecho mal. Pero no quería reconocerlo. Ni mucho menos. Él siempre ha llevado la razón. No obstante, no podía evitar sentir un mínimo de culpa por lo sucedido con ella. Estaba empezando a barajar la posibilidad de que, por una vez en su vida, se hubiera equivocado. Pero, ¿él? Absurdo.

Pronto se percató de un detalle en que no había caído antes. El documento de identidad de Turpin se hallaba en el interior de la billetera y, además, tenía la cartilla de estudiante en su interior. En la escuela pública los alumnos no solían tener, pero en la privada ya era harina de otro costal. En el Richroses, portarla encima era totalmente obligatorio. En ella estaban todos los datos del poseedor, dirección, número de teléfono... Un instrumento que podía resultar hasta peligroso si caía en manos de una mente retorcida.

***

El sonido de la alarma le despertó la mañana del domingo. Los rayos del sol se filtraban entre las cortinas de la habitación de Spencer, chocándose contra sus paredes lilas. Todos sus muebles eran blancos; la estantería, su mesita de noche, el escritorio... Se removió en la cama mientras bufaba y trató de apagar el despertador movida por el sueño.

Spencer pasó todo el sábado en su habitación, escondida bajo las sábanas o escribiendo en su diario lo mucho que repudiaba a aquel desgraciado de Rimes. Sólo salía para ir a comer y cenar, situaciones de lo más incómodas; Benjamin trataba torpemente de relajar el ambiente. Hablaba de sus relaciones en el equipo de baloncesto, de su entrenador, de las canastas que metió en el último partido y de contra quien jugaría en el próximo. Estaba claro que todo aquello era para liberar tensión, a pesar de que no funcionó como hubiera querido.

Tenía la sensación de que aquel día seguiría el mismo camino. Carecía de ánimos para moverse y cada vez que pensaba en que le tocaba ir a clase al día siguiente ardía en deseos de ahogarse con la almohada. Podía escuchar como los pájaros cantaban situados en el árbol que daba a su ventana.

Su casa constaba de dos pisos y un pequeño jardín. En la planta inferior se encontraban la cocina, el salón, el comedor, un baño que sólo contaba con un retrete y una puerta que llevaba hacia un pequeño sótano. En la superior, donde se encontraba ella, estaban las habitaciones de cada uno de ellos y una para invitados, también un aseo, el cual solo usaban Spencer y Benjamin porque sus padres contaban con uno conectado a su habitación. En la casa también disponían con un desván, lugar que siempre le había dado miedo, por lo que nunca subía sola.

Los minutos pasaban y ella se sentía cada vez más inútil allí. Hacía rato que Ben se había ido a jugar al baloncesto con sus amigos y que su madre daba berridos a la tele mientras veía su programa de cocina favorito. Su padre estaría leyendo el periódico en el sillón del salón, con las piernas en alto.

Sobre la silla de su escritorio, había una toalla de baño arrugada y en ella se apreciaban las iniciales B.R.

De pronto, alguien llamó a la puerta de su casa. Por supuesto, ella no se inmutó, lo único que hizo fue cambiar de postura en la cama. Trató de agudizar el oído para escuchar que decían. Barbara había ido a abrir.

Pensó en su madre abriendo la puerta y como estaría tratando a la persona que había llamado. Barbara era una mujer no muy alta, con el cabello castaño y corto el cual lo lucía rizado de igual modo que en los años sesenta. Tenía la nariz algo puntiaguda y siempre iba de aquí para allá chillando y dando lecciones a sus hijos. A pesar de todo, y de la edad que tenía ya, Barbara era una mujer con cierto atractivo que siempre despertaba el interés de los vecinos.

Luego pensó en su padre leyendo. Tenía la manía de menear el bigote de un lado a otro cada vez que tenía la prensa frente él. Era un hombre alto y delgado. Su nariz era chata y gorda y, bajo ella, estaba ese espeso mostacho negro, al igual que el pelo de su cabeza, aunque ya comenzaba a adquirir tonos grises según que zonas. Richard trabajaba en una pequeña empresa de marketing y siempre lucía unas gafas cuadradas.

Dejó de pensar en ellos cuando traquetearon a su puerta.

Spencer. Ha venido un amigo a verte —dijo su madre desde el pasillo.

La chica se sentó al instante en la cama. ¿Un amigo? ¿Qué amigo? ¿Cómo que un amigo?

¿Qué? —preguntó extrañada. Como no fuera de su antiguo colegio...

Ya me has oído. Date prisa y vístete, no le hagas esperar. Encima que ha venido a verte... No, mejor le digo que suba.

¿Qué? ¡No! ¿Mamá? —protestó. Pero su madre no le hizo caso puesto que ya estaba bajando las escaleras.

Saltó de la cama todo lo rápido que pudo. Cogió un pañuelo para limpiarse los ojos rápidamente después de haber estado durmiendo largas horas y trató de buscar unos pantalones y una camiseta que ponerse. Cuando al fin dio con unos entre su desordenada ropa y tenía la camiseta subida hasta el cuello... una persona entró a su habitación.

Y era Rimes.

¡¿Se puede saber qué haces aquí?! —exclamó incrédula.

A mí también me gustan los ositos —dijo con tono burlón.

Spencer tardó en asimilar a que se refería y pronto cayó en cuenta de que hablaba del estampado de su sujetador, en un acto reflejo se volvió a tapar con la camiseta y cubrió sus piernas con la sábana. Pero Rimes vio algo que llamó su atención más que el color de su ropa interior; había un cardenal en las costillas de Turpin, lo cual hizo que se sintiese mal consigo mismo, algo que no soportaba. Sin embargo, no dijo nada sobre el rasguño.

¿Qué haces en mi casa? —repitió ella con un tono de voz punzante.

Tu voz suena como cuando arrastras un tenedor sobre un plato... —comentó ignorando su pregunta.

Ojalá fueses tú el plato —replicó ella sagaz.

Él la miró con sus ojos furtivos y ella recordó la razón por la cual su fin de semana estaba siendo un fiasco.

Vete de mi casa —ordenó.

Que maleducada... —dijo con parsimonia—. Encima que he venido expresamente a traerte esto —levantó la cartera de la chica.

¡Mi cartera! Dámela ya —exigió.

Ten —el chico extendió la mano con el objeto para que ella lo cogiera.

¿Por qué vas vestido así? —preguntó mirando de arriba a abajo las ropas de Bruce.

Voy en traje porque tengo estilo, cosa que tú deberías tener... —miró a su alrededor— en todos los azpectos. El baño de mi casa es tres veces esto —comentó analizando la habitación.

Si no te gusta, lárgate —indicó—. No sé que te da derecho a entrar en mi casa. Como si hubiese olvidado lo del viernes —al recordarlo sus ojos se humedecieron y su voz se quebró—. Vete.

Rimes la miró fijamente con indiferencia. Spencer recordó como vio en la mirada del chico algo más que odio y rencor la última vez.

Quizá me excedí con mis métodos el otro día, es posible que deba dejar de acosarte tanto—comenzó a decir. La mirada de la chica se iluminó—, pero no por ello creas que voy a parar en esto. Mi opinión acerca de ti no ha cambiado, eres una mancha que debo borrar de mi mundo. Y no voy a parar hasta que abandones —ella le miró atónita—. Me voy.

Antes de que pudiese salir, Barbara apareció como un espectro en la puerta. Un espectro sonriente y de voz cantarina que puso la piel de gallina a ambos. Vio que Bruce estaba apunto de atravesar la puerta y lo miró con desilusión.

No me digas que te vas... —parecía que se moría de pena. Miró a su hija, que estaba sentada en la cama—. ¿Aún sigues así? Vístete —miró a Bruce otra vez—. Anda, bonito, te invito a comer. Disculpa al desastre de mi hija...

Su madre se llevó del brazo al chico al piso de abajo, dejando a Spencer a cuadros.

Ella se vistió tan deprisa que parecía que se jugaba la vida por cada segundo que pasaba. Con una camiseta verde y unos pantalones piratas, fue en dirección al servicio, donde se aseó y pudo peinar su oscura melena. Le urgía tanta prisa debido a que temía de que podían estar hablando sus padres con Bruce allí abajo y qué les diría él. Pero, ¿cómo podía decirles que habían dejado pasar a la persona que más odiaba en la faz de la Tierra y la causa de su pésimo estado de ánimo?

Cuando se vio lo suficientemente decente, bajó. Aunque sus pies seguían abrazados a sus zapatillas blancas de andar por casa. Desde las escaleras pudo oír la conversación que se acontecía en aquellos momentos.

Dime, chico, ¿has venido andando? —preguntó Richard.

No, señor —respondió educadamente—. He venido en limusina —corrigió como si aquel automóvil fuese lo más normal.

Al entrar al salón, Spencer vio a dos padres pálidos como el azúcar. Cuando Barbara reparó en ella, se levantó del sofá y del lado de Bruce, y se aproximó a ella como una bala mientras la llamaba eufórica.

Spencer, cariño. Menos mal que ya estás aquí. Deberías presentarnos a tu amigo como es debido... —dejó caer Barbara. La chica sintió que aquella mañana su madre había ingerido más café de lo normal.

Después de resoplar varias veces y maldecir la causa de todos sus males, caminó hasta estar cerca de ellos. Se aclaró la garganta para hablar.

Os presento a Rimes, Bruce Rimes —anunció de mala gana—, estudiante de Richroses. De mi curso. Aunque no va a mi clase.

Encantado —dijo él.

Pero lamentablemente ya se tiene que ir —comunicó dando una palmada.

¿Qué? Pero si se iba a quedar a comer... —protestó su madre.

Sí, mamá. Y me encantaría que se quedara. Y a él también. Pero tiene cosas que hacer, créeme —aseguró sacando al chico del salón.

Lo llevó hasta la salida mientras él ahogaba sus ganas de reír.

Menos mal que me has salvado —dijo—. No sé que hubiera sido de mí.

No lo he hecho por ti, estúpido.

Spencer fue a cerrar la puerta, pero la mano del chico lo detuvo.

Tengo curiosidad —dijo él—. ¿Quién es el chico de la foto que llevas en tu cartera?

Ella le miró cabreada, ¿cómo era tan descarado de fisgar en las cosas de los demás? Aunque no le sorprendía tanto tratándose de él.

Es mi hermano —afirmó—. Y ahora vete.

Es más guapo que tú —informó dándose la vuelta para irse mientras dibujaba una tiranizada sonrisa.

¡Eh, Rimes! —llamó la chica y él se giro. Le miró fijamente—. Te odio.

Y así cerró la puerta en sus narices. Por su parte, Bruce, fue a su limusina con su sonrisa en la imagen, caminando lentamente y con sus manos escondidas en los bolsillos de su pantalón.

Los padres de Spencer estaban expectantes unos pasos tras ella. Barbara se agarraba el delantal con fuerza y Richard tenía el periódico plegado entre sus manos mientras lo estrujaba como si fuese un limón.

¿Por qué no nos dijiste que conocías a un chico así? —cuestionó su madre con un tono de voz tan agudo que parecía una adolescente en su primer día de clase.

Porque no me cae bien —respondió desinteresada y deseosa de volver a encerrarse en su habitación.

Cariño... —dijo con un tono que a la chica se le antojó de repelente —. Es muy guapo y, además, parece que tiene mucho dinero...

En el momento en que abrió la boca para mostrar su entero desacuerdo, Benjamin entró a casa con el balón bajo el brazo y una expresión alterada.

Acabo de ver una limusina irse de en frente de nuestra casa... —logró articular.

Barbara agitó los hombros de Richard mientras chillaba “¡No nos estaba tomando el pelo!”

Spencer puso los ojos en blanco hastiada y regresó a su habitación ignorando las llamadas de sus padres y la cara dubitativa de su hermano.

La sangre le hervía cada vez que pensaba en lo contentos que se habían mostrado al saber que era una persona rica. Probablemente ya querían emparejarla con él o con algún chico de la élite. Pero aquello sería demasiado. No conformes con planificar su futuro académico, también buscaban programar sus relaciones amorosas.

Se negaba a aquello.

Pasó el resto del día reflexionando. Sintiendo rabia por sus padres y un odio inmenso por Rimes. Por las declaraciones que le hizo asegurándole que su vida no iba a ir a mejor y, sobretodo, por lo que ocurrió el viernes.

Fue a abrir su cartera, donde seguía intacta su cartilla y su dinero: ninguno. Pero se dio cuenta de que le faltaba la foto de la que le había hablado Bruce antes, en la que aparecía ella con su hermano. Ni rastro de de ella. ¿Cabía la posibilidad de que aquel estúpido engreído se hubiera quedado con la foto? Aunque si eso fuera cierto, ¿qué motivos tenía?

***

Sobre la mesa de madera de Bruce se podía apreciar una foto. La foto de una chica con su hermano. Sonriente. Curiosamente, no dejaba de mirarla. 

11 comentarios:

  1. Me encanta!¡!!¡!¡ Sigue así cómo t
    Dije la otra vez tienes mucho potencial¡= he dicho ya que me encantas ;-)

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  2. Genial, como siempre!! :) Tengo ganas de leer maas, a ver que le dice de la foto...U.u
    Besos <3

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    1. Tranquila por la foto, eso se verá más adelante, pero nada malo por parte de él! ^^

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  3. Oh Diosss que corto es!!!!!!!!!!!!! Jooo quiero leer mássss!!! Me encantó!!! ^^

    Rimes es tan... OVM SPGTWVV y bueno que la madre la quiera emparejar con él por solamente ser rico...UFFF DIOS QUE HORROR! Me encanta bss

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    1. Tranquila, hay capítulos más largos y otros más cortos, y este ha sido cortito, pero el sábado más y ojalá que mejor ^^
      Muchas gracias :3

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  4. Madre mía, esto está genial. Voy a ir poniéndome al día con los demás capítulos.
    ¡Quiero el siguiente ya!

    Besitos.

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    1. Este sábado tengo pensado subir el cinco, ¡me alegra que te haya gustado!

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  5. He muerto con lo de la foto *-* Debió de sentirse tan aliviado al saber que era su hermano Afú *-*

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