viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 09 - Me enfermas en sábado noche.


Spencer y sus amigos se situaban en una mesa pegada a la pared y cerca de la puerta de los servicios. No muy distanciados de ellos se encontraban Bruce y Thomas, éste último en un regocijo interior superior a cualquier otro.

Espero que no tarde mucho más en llegar la pizza —comentó impaciente Spencer.

Matt estaba sentado a su lado y Elena y Lisa en frente de ellos. Dalia era la que se encontraba en el asiento del lateral, presidiendo aquella rectangular mesa de madera.

Spencer, supongo que ya lo sabrás pero ese chico de antes no te quita el ojo de encima —informó Lisa—. ¿Quién es?

Matt fijó su atención en la futura respuesta de la chica.

Es un estúpido —respondió—. Un niño de mamá de mi instituto. No le hagáis caso. Se alimenta de la atención de la gente. Es la fuente de su poder.

Dalia dejó escapar una risilla y Spencer se alegró, pues notaba que la rubia se sentía incómoda ante la presencia de Parker en el local.

Pues creo que la atención que necesita es la tuya —sentenció Elena.

En aquel momento llegó la camarera con la comanda de cada uno.

Pues no lo creo —dijo ella una vez que la camarera se hubo marchado.

Fue a agarrar una porción de su cena cuando la siempre impertinente voz de Rimes la detuvo.

¡¿Vas a cogerlo con las manos, salvaje?! —Dejó escapar él.

Spencer puso los ojos en blanco.

¿De dónde ha salido este extraterrestre? —Preguntó en voz baja Matt.

Tú lo has dicho, es un extraterrestre —le susurró Spencer.

¿No me vas a responder, maleducada? —Gimoteó indignado Bruce.

La chica bufó y se giró hacia él.

¿Me dejas cenar? Gracias —vaciló.

La barra donde Bruce acumulaba su rabia comenzaba a llenarse poco a poco.

Esa chica me irrita... —murmuró Bruce.

Parker era incapaz de borrar de su cara una sonrisa. Le encantaba aquella situación. Era mejor de lo que creía. Además, estaba Dalia. Parecía un espectáculo montado para él.

Un trozo de pizza se acercaba a la boca de Spencer sin poderlo evitar y Bruce observaba el acto como si se tratara de una gran película. La mejilla de la chica había quedado manchada por tomate, pero ella ni se había percatado. Al pelirrojo aquello le hizo gracia. Sin embargo, cuando Matt limpió sonriente, con la ayuda de un pedazo de papel, la mancha de la mejilla de Spencer, el sentimiento que sintió Bruce en su interior no era de gracia precisamente.

Mira a la boba... No se le da bien comer con las manos tampoco... —escupió con retintín Rimes.

Esta vez fue Dalia la que replicó a Bruce.

Thomas —mencionó—. ¿Puedes decirle a tu primo que se calle un rato?

A Spencer le sorprendió sobremanera que Dalia le hablara así y al instante pudo ver como la cara de Bruce se enrojecía. Éste hizo un amago de levantarse pero Thomas le agarró potentemente del brazo.

Bruce, con Dalia no te metas —habló en un tono de voz tan bajo que sólo lo pudo oír Rimes.

Bruce se le quedó mirando con interés. Apoyó la cara sobre su mano y dibujó una mueca similar a una sonrisa en su rostro.

Con que soy yo el obsesionado, ¿eh? —Comentó.

Dalia sentía en la mirada de Spencer el asombro de ésta.

Así se hace —animó Lisa.

Dime una cosa, Matt —comenzó a decir Spencer—. ¿Sigues tocando la guitarra? La última vez que te oí tocar fue el verano pasado...

El chico le sonrió. La calidez de su sonrisa era perfecta en su pecosa imagen. Era muy diferente a Rimes. Eso fue lo que pensó Spencer y se maldeció por ello. Por comparar a su mejor amigo con un déspota.

Sí, claro —respondió él.

Además está empezando a componer —informaron Lisa y Elena.

Spencer abrió la boca en señal de fascinación.

Pero eso es genial —dijo.

Sí, bueno. Ya sabes que lo mío es la acústica —explicó ruborizado. Carraspeó y miró a la morena más seriamente—. Cuando sea famoso podrás venir a todos mis conciertos gratis. Tú serás la invitada especial.

Ella rió y se rascó la oreja con sofoco, pero no respondió.



Una vez terminada la cena y pagada la cuenta, el grupo se puso en pie. Estaban decididos a salir a una de las discotecas de Londres.

Cuando Rimes advirtió que había movimiento al rededor de Turpin, él también se puso en pie, dándole un codazo a Parker para que hiciera lo propio.

¿A dónde vas? —Preguntó a su objetivo.

No te importa —respondió Spencer tajante.

Lisa se acercó a él.

Vamos a alguna discoteca. ¿Te vienes? —Invitó.

¿Pero te has vuelto loca? —Cuestionó Spencer acercándose a los dos.

Está bien. Iré —manifestó su falsa molestia—. Pero iremos a donde yo diga —Spencer veía como se aproximaba una disparatada proposición—. Vamos al Black Bird Club.

Eso es un club privado, idiota —enunció Spencer.

¿Y qué?

Que nosotros no somos socios ni tenemos dinero para serlo.

Había olvidado que comías en la basura, pero no te preocupes —la cara de Turpin enfurecía por momentos—. Mi familia es la dueña por lo que si vais conmigo os dejarán pasar —sonrió con triunfo.

La chica se resignó. Estaba harta de no poder librarse de él ni un fin de semana.

Oye —esta vez fue Matt quien se dirigió a Rimes—, el Black Bird Club está muy lejos de aquí.

En el momento en que Bruce vio como aquel chico tuvo la insolencia de dirigirse a él con total calma, su sangre comenzó a hervir. Ese individuo no contribuía a que aumentase su buen humor. Lo que hizo fue posarse frente a él, como si estuviera plantándole cara, y fijó su mirada de gradiente gris en él. Parecía que lo estaba acuchillando con su imponente mirada.

No te preocupes —respondió Bruce con su característica mueca y arrastrando las palabras—. Llamaré a mi limusina.

La imagen de Matt era de pasmo y Spencer apreció como todos sus amigos, salvo Dalia, estaban estupefactos. Por supuesto, ellos eran de clase media como ella, no estaban acostumbrados a tales lujos ni a tratar a gente con tales desequilibrios como Rimes, algo a lo que ella se estaba comenzando a habituar.

Ella se vio obligada a ceder, pero notó que tanto Elena como Lisa estaban emocionadas por subir a una limusina. Al estar en el interior de ésta, el trayecto fue aun más incómodo que la cena en el Big Piece, y sentía que estar en el Black Bird sería el colmo de lo surrealista.

Spencer estaba flanqueada, en el asiento del vehículo, por Matt a un lado y Bruce al otro. En frente de ella estaban Elena, Dalia y Thomas. Lo mirara por donde la mirara, se trataba de una situación absolutamente incómoda. Por si fuera poco, Lisa se encontraba al otro lado de Rimes.

Apreciaba como Thomas y Dalia no intercambiaban palabra, pero como él se quedaba absorto mirando a la rubia, la cual no levantaba la vista del suelo. Spencer sentía como Bruce estaba muy pegado a ella. Sus brazos estaban chocándose y podía sentir como su perfume narcisista era captado por su olfato. Entonces miró al otro lado, y vio como Matt la contemplaba. Se sintió extraña, el brazo de Rimes hizo más presión sobre el suyo y su corazón dio un vuelco de sorpresa. Su rostro era de circunstancias.

¿Estás bien? —Le preguntó Matt—. Estás muy roja...

La chica tenía la boca entreabierta y no había reparado en ello.

Sí, estoy bien... —tranquilizó una vez que fue consciente de su cara de bobalicona.

Oye, Turpin... —llamó silencioso Rimes—. Tu amiga no se despega de mí...

Spencer se asomó con disimulo hacia el lado donde estaba situada Lisa, la cual estaba estrechando el brazo de Bruce. La idea de que su amiga pudiera querer ligar con Rimes no se trataba sino de un mal presagio. Cuando Lisa quería poner sus zarpas sobre su presa, lo hacía. Y no paraba hasta cazarla.

Cuanto más abrazaba ella el brazo del chico, más podía apreciar Turpin una mueca de horror en la cara de Bruce que le resultaba terriblemente divertida.

No quedaba mucho trayecto para llegar al Black Bird Club. En aquel momento, Spencer reparó en su ropa. Iban a ir a un club privado, perteneciente al Imperio de la familia Rimes y donde acude la gente con más estatus y poderío de la ciudad de Londres. Rimes y Parker iban arreglados. Incluso Dalia. Esas vestimentas formaban parte de su rutina aristocrática. Sin embargo, ella y sus amigos estaban relativamente arreglados. Lo suficiente como para ir a un lugar normal para la clase media. Cuanto deseaba que en el local a donde se dirigían no estuviera la gente vestida con ropas de gala.

Se giró hacia el pelirrojo y descubrió que la estaba mirando completamente serio. Tuvo la sensación de que sabía lo que estaba pensando y lo que le preocupaba.

Eh —le dijo él—. Ya tendrás otras ocasiones para arreglarte más.

Aquello la desconcertó. No tenía la menor idea de a que se refería con “otras ocasiones”.

Antes de poder parpadear, la limusina frenó frente a la puerta del club y Sebastian abrió la puerta de la limusina.
Y te parecerá correcto que Sebastian siga abriendo la puerta —recriminó Spencer.

Oh, por favor, Turpin. No se va a morir.

Al entrar al club, Spencer vio como todos sus pensamientos eran completamente ciertos. Aquello era de lujo. Sonaba música clásica y parecía más un hotel de cinco estrellas que un club.

Chicos, seguidme, la sala que corresponde a la discoteca está por aquí —guió Bruce, que iba saludando a todas las personas que se acercaban a él conforme avanzaba.

El grupo de Spencer suspiró de alivio. Se sentían fuera de lugar.

Dime, ¿tú estás acostumbrada a esto? —preguntó Matt.

Créeme que nunca te acostumbras —respondió ella—. Y esto también es nuevo para mí.

Spencer reparó en que Parker estaba muy cerca de Dalia y que ésta imploraba ayuda con la mirada. Después de saber el tipo de relación que mantenían, a Spencer le era muy enrevesado fingir que lo ignoraba.

¡Dalia! —Reclamó repentinamente—. Ven. ¿Has visto esto? —Trató de buscar una excusa ante la astucia de Thomas, puesto que debía continuar aparentando desconocer su relación.

Bruce les condujo hacia una gran puerta negra custodiada por dos hombres bien trajeados.

Van conmigo —expresó.

Los hombres hicieron una cortés reverencia dedicada a Rimes y abrieron la puerta. Tras ella había una enorme pista de baile con un par de tarimas, al fondo se hallaba una barra de bar y una zona para sentarse a los costados. Era un lugar con una organización perfecta. La música que decoraba la sala era música disco y Spencer sintió que se encontraba en los años ochenta, pero no le desagradaba y estaba convencida de que a sus amigos tampoco.

Había un número moderado de gente, lo cual era de agradecer. Spencer no resistía las aglomeraciones de personas: le agobiaban y no podía disfrutar.

¡Es increíble! —Exclamó Elena. Agarró del brazo a Lisa y a Matt—. Venga, vamos a bailar —miró a Spencer—. ¿Vienes?

Spencer simuló una sonrisa.

Creo que me voy a sentar un rato. Ahora voy —se giró hacia Dalia—. ¿Tú vas a bailar?

Sí —respondió Thomas en lugar de Dalia—. Va a bailar conmigo —posó su mano en el hombro de la chica—. ¿A qué sí?

Dalia asintió con la cabeza.

Si quieres sentarte —dijo Thomas—, nosotros nos sentamos allí —señaló con el dedo una mesa ligeramente más apartada que el resto—. Es la reservada para Bruce.

Vale...

Antes de ir a la pista con Dalia, le guiñó un ojo a Spencer, lo cual la desorientó. Parker, aunque quizá de otro modo, seguía siendo tan misterioso como el primer día.

Spencer tomó asiento en la mesa que indicó Thomas. Desde ese lugar se veía a la perfección a sus amigos bailar, comenzó a reír al verles hacer el tonto al ritmo de música disco. Pronto, la característica voz de Rimes la sacó de sus pensamientos.

¿Tú no bailas? —Preguntó sentándose frente a ella, en los acolchados sofás que ejercían de asiento.

Ahora mismo no.

¿No te va la música disco? —Investigó—. Venga, si quieres bailo yo contigo. Seré tu John Travolta en Fiebre en sábado noche.

Spencer rió.

Contigo sería más bien Me enfermas en sábado noche —paró de reír cuando se dio cuenta de que lo hacía: de que se estaba riendo con Rimes—. No, no es por la música disco, es simplemente porque no me siento cómoda en este lugar.

¿Por qué?

Porque es incluso más lujoso que el Richroses —alegó.

Entonces será mejor que no veas mi casa —alardeó él.

Ambos se quedaron unos instantes en silencio, sin pensar en nada, sólo mirándose, y Spencer sintió que quería saber más acerca de la persona que tenía frente a ella.

¿A ti sí que te va este tipo de música? —Preguntó.

Bueno, no es fruto de mi devoción, pero me gusta —respondió mirando de reojo la pista.

Entonces, ¿qué te gusta? —Interpeló casi sin darse cuenta.

Él fijó la vista en ella.

La música clásica... Chopin, Beethoven, Stravinsky, Bach... Es lo que realmente me llena y lo único que me entiende.

Aquellas últimas palabras, “lo único que me entiende”, hicieron ver a Spencer que aquello que dijo Thomas tiempo atrás, a pesar de que le costara aceptarlo, era cierto. Y que Rimes era una persona atormentada a pesar de su apariencia. Ella sabía que él había bajado la guardia, y que aquello lo había dicho sin pensar, pero no diría nada que pudiera hacer más extraña aquella situación de lo que ya era de por sí.

Pero Bruce fue consciente de su desliz con ella y trató de disimular como siempre.

¿A qué viene tanto interés, Turpin? —Consultó—. No me digas que te has enamorado de mí —dijo en un tono de voz descarado a juego con su sonrisa.

Spencer sólo tenía una respuesta en la cabeza: “No lo sé”. Pero en lugar de ser franca con él y consigo misma, puso los ojos en blanco y dijo:

¿De ti? No me hagas reír —hubo un silencio entre ellos, ambientado por la música. Un silencio nervioso que alguno debía romper—. A veces no te entiendo... —continuó hablando ella con la vista fija en la mesa.

¿Qué? —Gesticuló Bruce.

Unas veces me repudias y otras te sientas a hablar conmigo como si me considerases una persona normal —explicó—. Y soy una persona normal, pero no sé en que piensa tu retorcida mente.

En aquel momento, Matt apareció ante ellos.

Las chicas y yo te reclamamos —dijo con su cálida sonrisa extendiéndole una mano a Spencer.

Ella le dio su mano sin decir nada, únicamente su mirada volvió a chocarse con la de Bruce una última vez.

Me das asco —dijo Bruce mientras la chica se ponía en pie.

Spencer lo escuchó perfectamente. Parpadeo fuertemente dos veces. Era cierto, aquello iba a ser así siempre. Su vida en el Richroses será siempre un enfrentamiento constante con el rompecabezas Bruce Rimes.

Una vez en mitad de la pista se vio acorralada por una oleada de preguntas insistentes por parte de Lisa y la mirada espectante de Elena.

¿De qué habéis hablado? —Interrogó Lisa.

De nada...

Se os veía con mucha confianza —continuó hablando.

Lisa, no te pongas pesada —dijo Matt con su mano en el hombro de Spencer.

El sonido de la música era más molesto en aquella zona que donde se encontraba antes con Rimes, por lo que tenían que levantar más la voz para entenderse.

¡No la molesto! Sólo me parece un chico muy interesante —admitió.

Tampoco os recomiendo hablar con él —advirtió Spencer haciendo una seña a Matt para ir en dirección de Dalia y Parker.

Observaba el panorama que se cernía en sus dos únicos amigos, o especie de amigos, en Richroses. Estudió el comportamiento de Parker, el cual hacía bromas a Dalia. Ésta sonreía a veces. Fue entonces cuando Spencer se percató de que en la mirada que Thomas le dedicaba a la rubia, había algo más de lo que Dalia había captado.

Fue entonces cuando Matt puso su mano sobre los ojos de Spencer.

Estás muy rara hoy. ¡Despierta!

Luego pellizcó su mejilla y ella echó a reír.

Te reto a un baile estúpido —Desafió Matt—. A ver quien es más personaje.

A mí no me ganas —dijo Spencer sonriente.

Comenzaron a bailar de un modo que resultaba cómico. Dalia y Thomas les observaban con jolgorio. No podían ver a la gente comportándose como lo hacían ellos todos los días.

Bruce les contemplaba desde la mesa, tomándose un Martini. Experimentaba una rabia ciega hacia el amigo de Turpin. No le gustaba. Sentía como si llevara todo el tiempo que ha estado juntos desafiándole. En especial cuando se la ha llevado estando con él. ¿Cómo se atrevía? ¿No veía que era superior a ambos? Tan sólo eran una panda de maleducados ignorantes.

Te veo serio —comentó Miller, la cual había aparecido al lado de Bruce—. Pareces un hombre fracasado bebiendo así de serio.

¿Qué haces tú aquí? —Preguntó Bruce.

Creo que tengo toda la libertad para venir aquí —miró hacia donde se dirigía la vista de Rimes—. Deja de mirarla así. Rozas el acoso.

No la miro de ninguna manera.

Ya, claro. Y yo uso peluquín... —dijo Miller con mofa—. Será mejor que no te encariñes con ella. Ni con ella ni con nadie. Ya sabes lo que te toca —advirtió.

Yo no decidí eso —replicó él.

Yo tampoco —se limitó a decir ella—. Bueno, ¿no quieres bailar un poco?

Rimes se puso en pie a regañadientes y ambos se dirigieron hacia el resto.

Hola, Turpin —saludó Miller mientras Spencer se encontraba en plena carcajada.

Ella cambió su cara de repente.

Hola, Miller —respondió.

¿Quién es? —Quiso saber Matt.

Una chica de mi clase —explicó—. No he hablado mucho con ella, en realidad.

En cuanto las amigas de Spencer vieron a Rimes, se acercaron a él. Era evidente la fijación que había desarrollado Lisa con él. Y no era de extrañar teniendo en cuenta el indudable atractivo que poseía el pelirrojo.

¿Quieres algo de beber? —Preguntó Miller a Spencer.

No, gracias —dijo ella educada—. Además, yo no bebo.

Venga, mujer, invito yo —insistió.

Bueno...

¡Bien! —Exclamó antes de que Spencer pudiera objetar algo y fue directa a la barra del bar.

No entendía cuales eran las intenciones de Miller. Esa chica suponía un misterio. Nunca se había dirigido a ella de malas maneras como la mayoría de los estudiantes del Richroses pero si que habían tenido encuentros que resultaban de lo más singular.

Cuando vio que sus amigas estaban acechando a Bruce, fue hacia ellas con la intención de rescatarlas.

¡Eh! —Voceó.

Spencer —habló Lisa—, estamos bromeando con tu amigo Rimes.

Bruce y ella se miraron.

¿Amigo? —Inquirió agarrando del brazo a Lisa y apartándola de él, dejando atrás a Elena—. No somos amigos. Todo lo contrario. No habléis con él. Es de las personas más egoístas y malvadas que puedes conocer.

Lisa miró a Spencer con represión.

Pues antes hablabais como si fuerais íntimos —replicó.

¿Cuándo? —Se defendió Spencer.

Hace un momento. No lo niegues otra vez. No quieres que hablemos con él no porque sea enemigo tuyo. Y lo sabes.

Spencer la miró con el ceño ligeramente fruncido. Como si no entendiera a que se refería su amiga.

¿Qué quieres decir?

Lisa cogió aire.

¿Te gusta verdad? —Averiguó—. Sé sincera contigo misma.

El rostro de Spencer era puro desconcierto.

Yo...

¿Quieres que hable con él? —Preguntó con su mejor intención.

¿Eh? —Fue lo único que pudo decir antes de que Lisa la cogiera de la mano y la llevara consigo de vuelta hacia donde se encontraban Elena y Rimes.

¡Rimes! —Llamó Lisa.

Él enarcó una ceja cuando ambas se acercaron de aquel modo tan decidido. Aunque realmente Spencer portaba cara de circunstancias.

¿Qué ocurre?

¿Qué piensas de Spencer? —Soltó repentinamente.

La pregunta sorprendió al chico. Y de ello se percataron tanto Lisa como Elena, sin olvidar a la propia Spencer.

Pues... —empezó a decir Bruce.

En aquel momento Spencer recordó aquel “me das asco” que le había dirigido Bruce pensando que ella no había sido consciente de ello.

Le doy asco —escupió ella.

Cuando Bruce quiso replicar, un suceso se lo impidió. Emma había tropezado con Turpin y había derramado toda la bebida que había comprado sobre ella.

¡Lo siento! —Se disculpó Miller. Spencer tenía toda la camiseta y parte del pantalón manchado—. Ven, acompáñame al servicio. Limpiaremos el estropicio.

Turpin siguió a Miller hacia el aseo y no pudo evitar quedar con la boca abierta. Era un baño enorme, muy cuidado, limpio y nuevo. Estaba alucinando. Además, no había nadie en su interior, y eso es algo que llamó también su atención.

Este es el servicio privado. Sólo lo pueden usar la familia Rimes y los amigos de ésta —explicó Emma.

Aquel comentario despertó el interés de Spencer. Desconocía que Miller y Rimes mantuvieran una relación de amistad.

Oh, vaya. Con esta luz se aprecia mejor —comentó Emma—. Estás más ensuciada de lo que creí.

No pasa nada, lo limpiaré con agua —calmó.

Te dejaré yo algo de ropa —ofreció Miller velozmente—. Siempre tengo recambio en mi vehículo.

No es necesario. De verdad. No te preocupes...

Insisto, mujer —perseveró—. Ve quitándote esa camiseta. No tardaré en volver pero puedes entrar a uno de los baños individuales si no quieres que nadie que entre aquí te vea, aunque dudo que entre nadie.

Spencer asintió sin convicción y entró a uno se los retretes, cerró la puerta y comenzó a desvestirse. Se sentía como una ameba. Estaba siendo el peor sábado de su vida. Y por si fuera poco, había dejado a Elena y a Lisa a solas con Rimes.



Una firme mano sujetó el brazo de Emma cuando estaba andando por la discoteca. Se trataba de Matt.

Disculpa... —dijo él—. Soy Matt, el amigo de Spencer —se introdujo—. ¿Sabes dónde está?

La mirada de Emma se iluminó al ver a aquel chico. Alto, guapo... Una sonrisa maliciosa, propia de Rimes, se reflejó en ella. Una idea había atravesado su mente como una estrella fugaz. Era el momento de actuar. Transformó su cara en preocupación.

Eres tú... —anunció—. Está en el baño, no sé que le sucede pero está muy rara. Me pidió que te llamara.

Matt se sorprendió.

¿A mí? —Dudó.

Sí. Está en el servicio del fondo. Es privado. Si alguien te pregunta di que eres amigo de Emma Miller o de Bruce Rimes —informó.

El chico seguía sin estar convencido con aquello pero, finalmente, hizo caso, y fue hacia el servicio a ver que sucedía.

Emma vio como marchó y en cuanto pudo fue a un rincón apartado de la multitud y donde la música no incordiaba mucho. Sacó el teléfono móvil y llamó a dos personas.



Spencer se encontraba en ropa interior en uno de los baños. Estaba deseando que Miller regresara. Aquella situación la estaba matando. El sonido de la puerta del servicio la sacó de su suplicio. Al fin había llegado. Abrió la puerta del baño imprudentemente y se encontró con la persona que menos esperaba.

¡Matt! —Profirió con sorpresa.

Me ha dicho Miller que me estabas buscando—justificó su presencia en el lugar.

Yo no...

¿Por qué estás semidesnuda? —Interrogó él mirándola fijamente.

Lo único que pudo sentir Spencer en aquellos instantes fue un intenso deseo de desaparecer del planeta Tierra.

Necesitaba cambiarme. Me he manchado la ropa —aclaró. Aquella situación podría malinterpretarse con facilidad—. Pu-puedes irte.

Él se acercó a ella.

Oye, Spencer... Estás muy rara.

¿Yo? ¡No! —Comenzaba a ponerse nerviosa. A alterarse. Estaba confundida. No entendía que sucedía. No tenía la más remota idea de lo que le sucedía desde que conoció a Rimes.

¿Es por ese chico? —Interpeló.

¿Qué? —Articuló ella con dificultad.

Vi como le mirabas. Estabas absorta —alegó—. Jamás había visto esa mirada en ti.

¿Qué estás diciendo? —Preguntó con la voz entrecortada—. No tienes ni idea... Él me odia.

La cara de Spencer comenzaba a transformarse en sufrimiento. Al pensar en Rimes, su corazón se estremeció. Después de todo, después de como la ha tratado, de como la ha humillado, no ha podido evitar sentir como se estaba enamorando lentamente de él. No quería reconocerlo. Pero aquella situación la estaba acuchillando. Sólo faltaba que todos sus amigos la interrogasen con ello. No podía ser peor.

Matt apreció como le estaba afectando a Spencer sus palabras y se arrepintió de haberle dicho aquello súbitamente.

Eh... Tranquila... No te pongas nerviosa, tonta... —sosegó posando una mano sobre la cabeza de ella, como si se tratara de un perrito.

Matt yo... Soy una estúpida —lamentó.

Su amigo la abrazó con la intención de ofrecerle consuelo, y frotaba su espalda mientras le dedicaba palabras de aliento.

Escucha, Matt —nombró—. Esta circunstancia es un poco errónea para quien nos vea.

Él sonrió.

Sí. Me voy. Te dejo vestirte tranquila —dijo él.



Al poco tiempo de volver a estar sola, alguien entró al aseo. Era Miller.

Ten —extendió una bolsa con ropa—. He encontrado una camisa blanca y unas mallas negras. Pruébatelo.

Muchas gracias —dijo Spencer.

Se sintió muy extraña con la ropa de Emma puesta. Un sentimiento como diferente. Apostaba todo a que la ropa que llevaba valía más que su casa.

La noche pasó sin ningún tipo de molestia más. Bruce había desaparecido y Parker se había despedido de ella y de Dalia. Su amiga no parecía muy desanimada. Estaba convencida de que en el fondo ella y Thomas eran auténticos amigos.



En un callejón cerca del Black Bird, la sombra de tres chicas se proyectaba en la pared.

Tomad chicas —dijo una chica de ojos negros, a juego con su corto cabello, mientras realizaba una acción con su móvil.

Uaaah... Estas fotos valen oro... Será un escándalo —afirmó otra.

Ya sabéis lo que tenéis que hacer —comentó la morena.


No es necesario decirlo, Miller —respondió la tercera—. Estoy deseando que llegue el lunes.

martes, 2 de julio de 2013

Capítulo 08 - El principio de un mal sábado.

La semana pasó como una ráfaga de viento. Todo permanecía igual. Entre Rimes y ella continuaba esa relación indescriptible. Realmente pocas palabras se habían dirigido aquella semana. Cuando se cruzaban por los pasillos, cuando sus miradas se encontraban, sentían un sentimiento eléctrico, señal de que algo pasaba. Spencer sabía de que se trataba. Bruce no quería saberlo.

Con Dalia pasó algo similar. Thomas era el único amigo que tenía Spencer dentro de Richroses. Parecía feliz de ver como Dalia y Turpin se estaban separando cada vez más. Spencer apreció aquello en la sonrisa despreocupada de Parker, pero no podía cuestionarle nada porque apenas le conocía.

Sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y un moño mal hecho. Así se encontraba Spencer el viernes por la tarde. Eran apróximadamente las siete. Con suerte, tendría dos días para no pensar ni en Dalia ni en el siempre trastornado Bruce Rimes. Solo quería perder el tiempo dentro de las páginas del libro que tenía entre las manos.

¿Y papá y mamá? —frenó su lectura Benjamin con la pregunta.

Han ido a comprar —respondió ella desinteresadamente—. Si no perdieras tanto tiempo encerrado en tu habitación hablando con teléfono te enterarías. Por cierto, ¿con quién hablabas?

Con la rana Gustavo —replicó sonriente.

Spencer enarcó las cejas.

No sé por qué no me extraña nada... —comentó.

¡Ding, dong! El sonido del timbre alertó a los dos hermanos.

Ve tú —ordenó ella.

¿Por qué?

Porque yo estoy sentada leyendo.

Benjamin bufó e hizo lo encomendado. Al abrir la puerta se encontró con una chica algo más bajita que su hermana, de un largo pelo rubio, piel blanca y ojos color avellana.

Hola... Me llamo Dalia —se introdujo—. ¿Está Spencer?

Él parpadeó tres veces antes de responder.

Sí. Un segundo —dijo ligeramente nervioso, entornando la puerta.

Entró nuevamente al salón, donde se encontraba su hermana leyendo.

Spencer.

Estoy leyendo, Benjamin —se limitó a contestar.

Hoy estás más borde de lo normal.

Spencer levantó la vista del libro de Vladimir Nabokov.

No, es sólo que ya sabes que no me gusta que me interrumpan mientras leo —corrigió vocalizando con algo de exageración cada palabra.

Bueno, pues siento interrumpirte. Ha venido una tal Dalia a verte.

La expresión de Spencer fue indudablemente de sorpresa. Sin decir nada y con la boca entreabierta, dejó el libro sobre el sofá y fue hacia la puerta. Allí vio a la mencionada.

Hola —saludó seria.

Hola Spencer... Verás, yo... —comenzó a hablar con dificultad a causa de los nervios y la timidez—. Quiero pedirte perdón —dijo al fin—. No pretendía que lo mío con Wells saliera a la luz. Y no te lo conté porque es algo delicado.

No tienes que disculparte conmigo —cortó ella.

Insisto. Si aceptas perdonarme te lo contaré todo.

Spencer estuvo a punto de negarse, pero vio que el rostro de preocupación y el ceño fruncido de Megure no era algo para aparentar.

Está bien —cedió dibujando una leve sonrisa—. ¿Quieres pasar?

Sí, gracias.

Con un gesto cordial la invitó a ir a su habitación. Mientras subían las escaleras, Spencer hizo un gesto a Benjamin para que no molestara. Por su parte, él levantó los hombros en señal de desentendimiento.

Puedes sentarte en la silla o en la cama. Donde prefieras —indicó ella—. ¿Quieres algo de beber? ¿Para comer?

No, no te molestes. Tranquila —respondió sentándose sobre la cama.

Spencer reparó en el aspecto de la rubia. Tenía una falda blanca y una rebeca beige. Parecía una muñeca de porcelana.

¿Cómo te ha dado tiempo a cambiarte tan rápido y a venir?

He salido un poco antes... No me encontraba bien.

Ahá —murmuró.

¿Por... por dónde quieres que empiece? —Preguntó mirándola con incertidumbre.

Por donde consideres tú.

Bien...

Dalia cogió aire y se llenó los pulmones con él. A continuación, comenzó a contar su historia:

»Yo nunca he sido buena a la hora de socializar con nadie. Mi vida en Richroses siempre fue muy tranquila. Yo provengo de una familia con dinero, por lo que, al contrario que a ti, nunca he sufrido ningún tipo de extorsión en la escuela. Sin embargo, no tenía amigos. Apenas hablaba con nadie. Sólo con los compañeros de clase, para lo justo y necesario.

»Mi mejor amiga, en los recreos, era la biblioteca. Y así continuó hasta mediados de tercero. Hace dos años. Una mañana, como otra cualquiera, me encontraba en la biblioteca. Ese día me había fugado las clases. En ocasiones me agobiaba y no podía asistir a ellas.

»Tenía la nariz oculta en un libro, en una historia nueva. Estaba sentada en una de las mesas de la estancia. La encargada no estaba. Por aquel entonces había una mala organización con la encargada de la biblioteca. Un chico se sentó a mi lado y se quedó mirándome. Yo le devolví la mirada. Noté que era algo mayor, pero no consideraba que fuera mucho mayor que yo.

»”¿Te gusta leer?” Me preguntó. Yo le miré y fruncí el ceño. La gente no se había interesado hasta ese día por mí. Él me miraba con una sonrisa y pronto quedé atrapada en sus ojos azules.

»”¿Trabajas aquí?” Le pregunté. Él sonrió de nuevo y asintió con la cabeza. Supuse que era el nuevo encargado de la biblioteca juzgando su edad. Aquel día nuestra conversación se quedó allí.

»Los días siguientes fueron similares. Él se sentaba en mi mesa, me miraba leer o leía él algo. Le pregunté su nombre. “Charles Wells” fue su respuesta. No tardamos en ser amigos. Para mí era mi primer amigo. Una persona importante en mi vida.

»Y así llegó final de curso. Y con él, verano. No nos vimos mucho por vacaciones. Alguna vez nos llamábamos y nos veíamos. Una vez sentí como una espina se incrustó en mi corazón por pensar en la remota posibilidad de que tras verano no volviéramos a vernos. “¿El próximo año continuarás siendo el encargado de la biblioteca?” Un día, cuando estábamos juntos, realicé esa cuestión. Él miró a otro lado y esquivó mi pregunta.

»Antes de que terminaran las vacaciones, nos vimos una última vez y fue en ese momento cuando yo le dije como realmente me sentía. Él me abrazó con ternura y me besó la frente. Luego solo susurró: “Aun eres muy pequeña”. Casi me puse a llorar, pero él cogió mi mano y me llevó a la feria. Me hizo sentir realmente pequeña aquella vez, pero fui feliz.

»Después de aquel día, no volvió a responder mis llamadas. Hasta que nos volvimos a ver en el instituto, y ahí fue cuando descubrí que iba a ser mi profesor de deporte. Me trataba con indiferencia. Como a lo que era al fin y al cabo: una alumna. Pero yo me sentía mal. Desplazada de nuevo. Aislada. Traté de hablar con él varias veces pero me ignoraba.

»Pero nos volvimos a encontrar en la biblioteca, un día cualquiera. Ese día le hablé, él se giró cuando me dirigí a él. Fue en ese momento cuando las lágrimas escaparon. Lloraba y no podía hacer nada para detenerlo. Le quería. Lo supe. Ya no cabía duda. Él me decía que no podía hacer nada. Éramos profesor y alumna. Me sentía como en una telenovela.

»Sin embargo, yo no me rendí, no podía rendirme y no quería hacerlo. Y así, sin darme cuenta, él me fue aceptando. A mí y la situación. Y nadie nos debía descubrir. Empezamos a salir a mediados del curso pasado. En secreto, al igual que a día de hoy.

Spencer se frotaba las manos mientras escuchaba la historia que relataba Dalia.

Y... ¿Cómo lo sabe Thomas?

Sí... Eso te quería contar.

»Era una mañana como otra cualquiera. Nos encontramos en la biblioteca como hacíamos de costumbre, en la estantería del final, donde estaban todos los libros viejos. Cometimos una imprudencia. No supe hasta el día siguiente que Parker se encontraba en la biblioteca en ese momento. Él me lo dijo. Al inicio me asusté. Tenía miedo de que dijera algo pero afirmó que no lo haría. Y así pasó un breve período de tiempo hasta que comencé a sufrir chantaje por parte de Parker, que aun se mantiene actualmente.

¿Qué? ¿Cómo? —Cuestionó Spencer incrédula.

Sí... Me descubrió por puro accidente. A su vez me ayuda a guardar el secreto. No obstante, debo de hacer muchas cosas que me pide.

¿Qué tipo de cosas? —Indagó.

Hacerle los deberes, quedar con él fuera de clases algún día únicamente para acompañarle a algunos sitios... —explicó.

Entonces... Debes de odiarle.

No. En realidad no termino de odiarlo. Le guardo un poco de rencor pero no acaba de portarse mal conmigo. Únicamente se aprovecha en algunas ocasiones.

No entiendo que relación tenéis.

Por compromiso —aclaró Dalia—. Me pone nerviosa cuando se acerca a mí muchas veces. Charles, quiero decir, Wells, no lo sabe. Desconoce esta situación por completo. No se lo puedo decir porque si Thomas lo descubre, lo hará público. Y eso puede meterle en serios problemas y no quiero —la voz de Dalia comenzó a temblar—. No quiero que por mi culpa le pase nada. Por eso no te lo conté.

Spencer se acercó a ella y posó una mano sobre el hombro de la rubia en señal de consuelo.

Tranquila, no pasa nada. Comprendo que no dijeras nada porque no tenías conmigo tampoco tanta confianza como para hacerlo. Te agradezco que me lo hayas dicho ahora.

Sin embargo, para Spencer, la mayor sorpresa fue la actitud que tuvo Parker hacia Dalia. No esperaba aquello de él.

¿Quieres... Quieres que hable con él? —Preguntó Turpin con su mejor intención.

Dalia negó con la cabeza.

No. Si lo haces se dará cuenta de que te lo he dicho —sonrió—. Pero gracias.

Spencer le devolvió la sonrisa.

¿Tienes planes para mañana? —Interrogó.

La rubia frunció el ceño.

No...

Pues, ¿te apetece venir conmigo? He quedado con unos viejos amigos de mi anterior escuela —invitó Spencer con total cordialidad.

Dalia no pudo evitar sonreír y aceptar. Sería la primera vez que quedaban fuera de Richroses.

****

Era sábado, las doce del medio día apróximadamente. Habían dos individuos sentados en los sillones de la sala de estar del gran caserón de la familia Rimes. Ambos tenían el pelo azabache. Uno era del sexo opuesto al otro.

¿Puedo saber qué queréis para qué me molestéis un sábado por la mañana? —Cuestionó Bruce rascándose la nuca mientras se adentraba en la estancia.

El chico sonrió.

Venga, Bruce, sabes que yo siempre tiendo a incordiarte los fines de semana —dijo Thomas.

Bruce bufó.

De ti no me sorprende —respondió—, pero, ¿qué hace ella aquí?

El dedo índice de Rimes apuntaba a Emma Miller que le observaba con picardia.

Deberías ir acostumbrándote a mi presencia cerca de tu entorno —aconsejó ella.

Me niego.

Allá tú —dijo Miller riendo.

Parker carraspeó para tomar turno de palabra.

Y dime, Bruce, ¿vas a hacer algo esta tarde que no sea encerrarte en tu casa tocando una melancólica canción con el piano?

Rimes le fulminó con la mirada.

Contigo no pienso salir —sentenció. Posó su mirada en Emma—. Contigo menos.

Venga, querido primo, antes salíamos más a menudo. Además, tu ratita saldrá hoy...

El pelirrojo, que estuvo manteniéndose todo el rato andando de un rincón a otro, se detuvo en seco.

¿Quién?

Turpin —respondió con brillo en sus ojos—. Vamos, Bruce, no me digas que no te apetece molestarla...

Bruce dibujó en su rostro una mueca de extrañeza.

Creí que tú y ella eráis amigos.

Bueno, yo no tengo nada en contra de ella —afirmó Thomas—. Pero me gusta ver tu cara cuando ella está cerca de ti.

Pues te quedas sin verla. No pienso salir —sentenció.

¿Acaso le tienes miedo?

Thomas le estaba retando y Rimes odiaba aquello. Que le tomaran por estúpido o cualquier cosa. Él era el rey y lo debía demostrar. Pues, ¿cómo él iba a sentir temor de una andrajosa como Spencer Turpin? Si era necesario, iría a buscarla.

De acuerdo. ¿A qué hora y dónde?

Emma miró al chico con desaprobación pero no comentó nada. Empezaba a estar harta de la insufrible obsesión de Bruce con los becados. No. No eran los becados. Sabía que aquella historia había finalizado hace tiempo. La única fijación de Bruce era aquella chica.

****

Un grupo de jóvenes se situaba en la puerta de la estación de Charing Cross. Eran dos chicas y un chico. Estaban esperando a una amiga para ir a cenar a un local cercano.

¡Hola! —Exclamó una voz que se acercaba a ellos—. ¿Habéis esperado mucho?

Una chica de melena ondulada y rubia opaca se acercó a ella.

Hey, Spencer —saludó Lisa.

Pronto se percató en la compañía de su amiga.

Ella es Dalia —presentó, anticipándose a la pregunta que se quedó atascada en la punta de la lengua de su amiga—. Es amiga mía en el Richroses.

Un placer —dijo Lisa cordialmente.

Las otras dos personas también se acercaron.

Oh —soltó Spencer—. Déjame que te presente. Ellos también son amigos de la escuela. Elena y Matt.

Encantada...

Elena Silver tenía el pelo de un castaño oscuro, completamente rizado y sus ojos tenían destellos de verde. Era de la estatura de Lisa y Spencer.

Por su parte, Matt Cera era un chico caracterizado por su sonrisa y su optimismo. Su pelo castaño claro y sus pecas eran lo que le identificaba. Era de las personas a las que Spencer echaba más de menos. Ambos eran muy amigos y la personalidad de Matt era, desde su punto de vista, la mejor del mundo.

Cuanto tiempo hacía que no te veía —dijo Elena emocionada.

Ya lo creo... —respondió Spencer.

Matt la abrazó cariñosamente en cuanto tuvo la ocasión. Spencer se sintió plena en los brazos de su amigo. Hacía mucho que no sentía esa sensación tan cálida. Quería a Matt como a un hermano, y estaba segura de que él sentía lo mismo. Siempre la ha ayudado cuando ha estado en problemas. Sentía que le debía mucho a ese chico y que era todo un apoyo. Que podría contar cuando lo necesitase. Mientras sentía el cariño de su abrazo, un sentimiento de nostalgia por su pasada vida la invadió.

En el momento en que se apartaron sonrientes, se dieron cuenta de un detalle.

Ejem... —carraspeó una voz que a Spencer le resultaba impertinentemente familiar.

Bruce Rimes estaba de brazos cruzados mirando la escena, a la par que repiqueteaba con el pie en el suelo. A su lado se encontraba Parker conteniendo la risa. Para él era un circo ver a su primo.

¿Qué haces tú aquí? —Preguntó Spencer sintiéndose irritada de repente.

Eso lo pregunto yo —replicó Rimes.

Los amigos de Spencer estaban sorprendidos por el modo en que se hablaban.

Vamos a cenar al Big Piece —dijo con tirria.

Casualmente yo también —respondió con un tono impertinente.

¡¿Tú?! —Exclamó incrédula—. Pero si es una pizzería. No tiene la suficiente clase para ti.

No decidas lo que tiene clase o no para mí, pobretona. Si te molesta mi presencia tendrás que tragar con ella.

Spencer se quedó con la boca abierta. Definitivamente, iba a ser un sábado horrible.