jueves, 27 de marzo de 2014

Capítulo 12 - La mansión Rimes

Me das asco”. Aquellas palabras resonaban como un terremoto en la cabeza de una Spencer confusa y triste. Era incapaz de pensar en cualquier otro recuerdo que pudiera ser más gratificante que la cara de Bruce Rimes escupiendo sus sentimientos hacia ella de forma cruel. Cada vez que lo rememoraba se le humedecían los ojos. Se sentía patética. Patética por albergar aquellos sentimientos, y patética por creer que él pudiera serle afín.
Se pasaba la tarde sentada sobre su cama, botando una vieja pelota de plástico, tratando en evadirse de la realidad. Recibió una llamada de Matt, pero no respondió. Tampoco contestaba al repiqueteo de la puerta de su cuarto propiciado por su hermano.
Realmente, no le apetecía hablar con nadie. Ni el más mínimo deseo. Total, ¿qué podría decir? La única con la que se pudo sincerar fue con Dalia y aun así no estaba segura de si hizo lo correcto.
Desconocía que expresión dibujar en presencia de Rimes para que no apreciara como se sentía respecto a él. Estaba frustrada.
 ***
¡Achús! Un estornudo hizo botar del susto a Clarice Rimes. Ella se asomó desde el piso de arriba, apoyada en la barandilla.
—¿Bruce? —Preguntó algo preocupada—.
—Sí —responde él apoyándose en la pared de la entrada.
Clarice comienza a bajar la escalera del lado de la izquierda.
—¿Estás bien? Oh, cielos… —se aproximó a él—. Estás empapado —habló sorprendida.
—Estoy bien —tranquilizó rascándose la nuca.
Ella posó sus manos en los hombros del pelirrojo y colocó su mirada a su altura.
—Oye, ve a darte un baño, ¿de acuerdo? —convidó—. Yo mientras te haré un chocolate caliente con fresas que sé hacer yo —guiñó el ojo—. Te vas a chupar los dedos.
El continuaba rascándose la nuca.
—No hace falta —dijo.
—No me hagas insistir.
Que sensación tan relajante esa de sumergir tu helado y empapado cuerpo en el agua caliente. Había añadido sales aromáticas, de frutas tropicales para ser exactos; sus favoritas. Cerró los ojos y a continuación observó el inmenso techo del aseo.
Spencer… No dejaba de pensar en ella. En su mirada. En su sonrisa. En su cabello. En la decepción que se apreciaba en sus ojos.
—Joder… —masculló.
No entendía por qué. Por qué le dijo aquello. Por qué fue a buscarla. Si fueran ciertas sus propias palabras, y aquel beso no significó nada, hizo algo absolutamente inútil rastreándola aquella tarde gris.
¡Achús! Estornudó de nuevo. Así no, así no podía relajarse. Ya no solo porque, obviamente, se había resfriado. Sino porque en toda su cabeza solo había una persona. Se levantó de golpe, cogió su toalla y se secó velozmente.
El olor a chocolate caliente impregnó su nariz desde allí. Aspiró profundamente. Qué bien olía. Bajó hasta el comedor y vio a su hermana apoyando la taza en la mesa.
—Acabo de servirlo —sonrió—. Venga, venga, siéntate y pruébalo.
Rimes hizo lo encomendado y se sentó en una silla. Apreció el buen olor más de cerca.
—¿No le has pedido a la cocinera que lo preparara?
—Pues claro que no —le dio una palmada en la espalda—. Es mi especialidad. Y para tu información, me encanta cocinar.
Clarice se sentó al lado de su hermano.
—Clarice… —nombró—. ¿Por qué me estás desnudando con la mirada?
—Porque quiero que me cuentes que ha pasado.
—No ha pasado nada.
—Ah, ¿no? Venga, eso no hay quien se lo crea. ¿Cómo me explicas que tú, con lo señorito que eres, no hayas venido con Sebastian? —Inquirió.
—No es cosa tuya.
Clarice sonrió astutamente, y observándole como si ya conociera perfectamente lo que sucedía.
—Tiene que ver con aquella chica… Spencer, ¿me equivoco? —Bruce la miró y no respondió—. Estoy en lo cierto —comentó sin borrar una sonrisa.
—No  —negó cortante.
—Ya… Bruce, es obvio. Lo sé. Eres mi hermano y te conozco desde hace años. Sé perfectamente cuando algo te preocupa —informó—. Y vi como la miraste. El otro día montaste aquel numerito por un ataque de celos relacionado con ella.
—¿Celoso yo? ¿Por Turpin? No me hagas reír.
—Oh, sí. Claro que lo hago. Afróntalo.
—Clarice… Te confundes, no siento nada hacia ella. Lo único… —se quedó en silencio un instante—. Lo único que me ocurre es que no puedo controlarme cuando ella está cerca. Todo lo que la envuelve, todo lo que dice… Hace que me muera de la rabia.
La joven estalló a carcajadas.
—¿De qué te ríes? —Quiso saber Rimes.
—Ay... Hermanito. Es tan divertido verte que mejor dejo que lo descubras por tu cuenta —confesó.
—Tsk. Que desagradable eres —hizo una mueca de dolor.
Clarice lo apreció.
—¿Sucede algo?
—Nada… —respondió—. Sólo me duele un poco la cabeza.
***
—Se te ve apagada.
Spencer levantó la cabeza de la mesa. Tenía roja la frente de tenerla apoyada sobre la superficie de madera fría. Dirigió la vista hacia la persona que había hablado.
—Parker… —mencionó.
Él cogió una silla y se sentó a su lado.
—¿Cómo lo llevas?
—Bien… —susurró ella—. Supongo.
El moreno la miró unos instantes.
—Hoy no ha venido Bruce —informó.
Spencer se puso nerviosa.
—¿Y eso por qué debería importarme?
Parker sonrió ampliamente.
—Eres adorable cuando tratas de mentir —declaró él.
Ella sintió como su cara se volvía roja como un tomate. ¿Parker le acababa de piropear o era burla?
—Bu-bueno…
—Rimes está en cama con fiebre —comunicó Parker.
Spencer no pudo evitar recordar la tarde anterior. Como le trajo el paraguas bajo la tormenta. Era inútil no pensar que había enfermado por su culpa.
—Está tarde iré a su casa a verlo —dijo él—. ¿Quieres venir conmigo?
La chica dudó unos instantes, pero no trató de negarlo puesto que se moría de ganas de ir y ver cómo era la casa de Rimes. Aunque también quería verle a él a pesar del miedo que albergaba en su interior.
—Sí… —asintió—. Espera, se lo tengo que contar a Dalia —dijo poniéndose en pie.
—¿Va a venir?
Ella le miró un instante.
—Lo dudo.
***
Spencer estaba boquiabierta. No podía creer que aquello existiera de verdad. Aquello era como su casa multiplicada por cincuenta. Era impresionante para alguien como Spencer, que nunca creyó contemplar algo tan exagerado de cerca.
—¿Estás lista para entrar en la Casa del Terror? —Preguntó Parker con un tono de feriante.
Ella echó a reír. Parker en ocasiones era muy divertido. Recordó cómo se llevaba él con Dalia.
—Oye, antes de nada… Quería preguntarte algo.
Parker la miró con atención.
—Adelante.
—¿Qué opinas de Dalia? —Preguntó.
Él sonrío de oreja a oreja.
—Pues que es una chica muy interesante.
Spencer le dirigió una mirada de reproche.
—¿Entonces por qué le haces chantaje?
Parker borró su sonrisa y adoptó una mirada profunda.
—Vaya… Así que te lo ha contado —dijo.
—Sí. Dime, ¿por qué?
—Porque quiero estar cerca de ella —declaró—. Me gusta mucho. Desde que la vi.
Spencer se sonrojó un poco. Le pareció que la serenidad con la que Parker había pronunciado aquellas palabras era muy atractiva. No esperaba aquella confesión. Pensó que si aquello fuera dirigido a ella moriría de los nervios.
—Vaya… —se limitó a decir bajando la vista al suelo.
Parker le dio una palmadita en la espalda y le dedicó una sonrisa.
—Venga. Entremos.

Bruce estaba tumbado en la cama. Sentía martillazos en la cabeza. Repentinamente, la puerta de su habitación se abrió.
—¡Hola, Bruce! ¿Sigues malito? —Preguntó Parker exagerando lástima.
—Creo que al verte a ti he empeorado —comentó dando media vuelta en la cama, de modo en que le daba la espalda a su primo.
—Vengo acompañado —informó.
Spencer entró tímida a la estancia. En aquel momento se arrepintió profundamente de haber ido a casa de Rimes. Sentía un ardiente deseo porque la tierra le tragara.
Cuando Bruce se giró y la vio sintió como si hubiera visto un fantasma. Parker se aguantó la risa.
Estaba casi sentado en la cama, se apoyaba con el codo en el colchón. Tenía el pelo muy despeinado y una camisa con varios botones abiertos. Aquella imagen a Spencer le pareció increíblemente sexy. Pero decidió morderse la lengua y callar. En el supuesto caso de que se lo dijera, sólo serviría para alimentar su estúpido e insaciable ego.
—Mejor os dejo solos —dijo moviendo ligeramente a Spencer en dirección a Rimes—. Hasta ahora, voy a ver a Clarice —añadió cerrando la puerta tras de sí.

Una vez solos, Spencer no sabía qué hacer ni qué decir. Sólo quería que un ente astral le hiciera desaparecer de la faz de la Tierra.
—¿Por qué has venido? —Preguntó al fin Rimes.
Spencer dudó que decir, pero finalmente tragó saliva y decidió lanzarse a la piscina. No se daría de cabeza porque ya la había rechazado anteriormente. Pero sí que quedaría calmada consigo misma.
—Porque me apetecía ver como estabas —dijo sentándose a su lado, de rodillas en el suelo.
—¿Acaso te importa cómo esté?
—Sí —Bruce la miró con cara de sorpresa—. Gracias por lo de ayer —agradeció.
—Eres irritante.
—Lo sé.
—Te odio.
—También lo sé.
—Entonces no entiendo por qué te importa mi estado —alegó él.
Spencer miraba las mejillas coloradas de él y posó su mano sobre la frente del chico.
—No me toques.
Ella sonrió.
—Estás tan débil que no puedes ni apartar mi mano con tu brazo —comentó—. Tienes mucha fiebre —se quedó unos segundos en silencio.
Él no decía nada, la mirada cansado. Ella sentía como los ojos verdes agrisados del pelirrojo le atravesaban el alma. Sin ser consciente, empezaron a caerle las lágrimas.
—¿Y ahora qué te pasa? —Preguntó molesto. No soportaba verla llorar, le sacaba de quicio, y en aquel momento ni comprendía por qué estaba así—. No te soporto.
—Lo sé —dijo ella—. No puedo evitarlo. Eres un idiota, un narcisista, un niño mimado. Eres cruel conmigo y con la gente. Cada vez que me ves me miras mal y cuando me hablas es sólo para insultarme o burlarte de mí. Y yo, sin embargo, soy tan estúpida que no puedo evitar preocuparme por si estás enfermo y de querer saber si te encuentras bien —el corazón de Bruce dio un brinco al escuchar aquello—. Nunca antes nadie me había tratado tan mal y, no obstante, no puedo dejar de pensar en ti.
Bruce se quedó en shock, pero una parte de su persona no pudo evitar sentir alivio.
—Estás loca —fue lo único que dijo.
—Voy al baño —Spencer se puso en pie.
En aquella mansión buscar el baño era toda una hazaña. No sabía hacia donde estaba yendo. Abrió una puerta y sólo vio una habitación vacía. Abrió otra, tampoco. Cuando se confundió de puerta por tercera vez, vio algo que le llamó la atención. Había una mujer leyendo un libro en un sofá con flores estampadas. Tenía una cara hermosa. ¿Rimes tendría otra hermana? Antes de darse cuenta, alguien había cerrado la puerta en sus narices para evitar que viera más. Era Bruce.
—¿Se puede saber qué hacías?
—Lo siento. Me he perdido —dijo—. No deberías haberte levantado de la cama —observó.
—¿A qué estás jugando, Turpin? Dices que te importo. Por Dios, ¿quién se cree eso? —Bruce estaba furioso y no entendía por qué. Quizá era porque estaba confundido y sentirse confundido era algo que detestaba—. Es imposible que tú y yo podamos llevarnos bien.
—Sí que podemos. Además, tú me besaste —acusó ella.
Al oír aquello, su rabia incrementó.
—Ya te dije que no significó nada —se defendió él.
Spencer agarró el cuello de la camisa del chico y le acercó a ella. Así fue como se cobró su pequeña venganza. Besó a Rimes. Le pilló por sorpresa, él no lo esperaba, pero en el fondo no le desagradaba, en lo absoluto. Spencer quiso profundizar en aquel beso pero supo que sería algo imposible puesto que Bruce estaba tan sorprendido que parecía una estatua.
—Esto sí ha significado algo —declaró ella.
—Estáis aquí —la voz de Parker les sorprendió a ambos. A su lado estaba Clarice.
Cuando la vio, Spencer se puso nerviosa.
—Gracias por lo del otro día —fue lo único que dijo.
—Ya te dije que no fue nada —sonrió la rubia.
Spencer se acercó a Parker.
—¿Podemos irnos? —Le preguntó agarrándole de la manga de la chaqueta.
—Sí, claro —él apoyó su mano en la espalda de ella y miró a Rimes. El pelirrojo le observaba con rabia—. Bueno primito, nos vamos.
Bruce no respondió, se limitó a ver como se iban. Repentinamente, echó a andar hacia su cuarto. Clarice le detuvo.
—¡Espera! —Exclamó—. Lo he visto.
—Estarás confundida —fue lo único que pronunció.
—Claaaro… —murmuró ella sonriendo.
***
—Oye Parker… —mencionó Spencer—. Antes he visto a una mujer en la casa de Rimes…
Caminaban por una calle. Parker le había acercado en su rolls-royce un poco, pero quiso acompañarla un rato andando.
—Ah. Sería la tía Anna —comentó.
—¿Anna?
Parker le dedicó una mirada a juego con la sonrisa pícara que tenía dibujada.
—La madre de Bruce. Apenas sale de casa. Sufre una enfermedad.

Spencer frenó. Desconocía aquello totalmente. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Capítulo 11 - Lluvia

“¿Qué has hecho?” “Eres estúpido.” “¿Cómo te has atrevido?” Rimes repetía esas palabras en su cabeza una y otra vez. No había obrado con la mente y se dejó llevar por el impulso. Sabía por qué lo hizo, sabía lo que sentía, lo que aquella chica tan simple despertaba en él. Lo sabía, pero a su vez no. Era extraño. ¿Cómo puede una persona saber y no saber lo que siente? Una confusión desquiciante, asfixiante y atormentada, eso era lo que tenía Bruce en su interior en aquellos momentos. Llevaba días repitiendo el suceso en su cabeza. Esquivando a Spencer como un loco. Fingiendo que no la ve cuando la ve. Cuando siempre la ve. Es como si nunca se apartara de su mirada.

Spencer llevaba días maldiciendo a Rimes. ¿Qué se había creído? La besaba, la ignoraba. Estaba loco, seguro. Sólo alguien tan bipolar como él puede obrar de una manera y hablar de otra muy distinta a sus actos. El problema de todo ello es que a ella le gustaba él. Pero, ¿por qué? Nunca la ha tratado bien, ni un gesto bondadoso. Sin embargo, es la mirada de él lo que la confunde. En ella ve destellos de tormento.
Siente una increíble curiosidad por conocerle. Por saber de él. De saber el porqué es así. Era un misterio. Y su personalidad complicada, confusa y en ocasiones misteriosa hacía palpitar su corazón.

Lo odiaba.

—Spencer… ¿Ha sucedido algo? —Preguntó Dalia algo preocupada.

Ella se sorprendió por la pregunta. Fijó la vista al suelo y se agarró de las rodillas.

—No… —respondió—. Es sólo qué… No entiendo por qué me siento así.

Todo era igual que siempre, había pasado una semana entera desde lo sucedido y Rimes la ignoraba más que nunca. La repelía como si de un insecto desagradable se tratara.

—No quiero que parezca que me meto donde no me llaman —comenzó a decir Dalia—, porque yo soy la primera persona que se enfada cuando quieren saber algo de mí de lo cual yo no quiero hablar. Pero creo que es hora de que seas sincera, al menos conmigo. Lo he notado desde hace un tiempo. Estás… diferente. No en el mal sentido. Pero, por ejemplo, ya no acostumbras a hacerte la cola de caballo en la melena como antes; ahora vienes con el pelo suelto la mayoría de las veces.

Spencer se acarició el pelo inconscientemente. Y, repentinamente, comenzó a ponerse nerviosa. Realmente no quería eso, no quería que le gustara Rimes. Porque si ese sentimiento incrementa, ella sufriría de verdad.

—Yo… —trató de hablar. Pero se estaba empezando a poner nerviosa. Nunca había abierto sus sentimientos hacia él a nadie ni quería hacerlo. Pensarían que es masoquista—. No lo entiendo, Dalia. No entiendo a Rimes. Algunas veces me desprecia y me trata como me trata y otras… —se quedó en silencio recordando aquel beso.

Dalia posó su mano sobre la espalda de Spencer.

—Di —insistió la rubia.

—Otras me besa —confesó.

Dalia se sorprendió ante tal declaración.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Cuántas? —Interrogó.

—Solo una vez. La semana pasada. Fue la última vez que hablamos. Cuando pasó todo aquel lío.

—Mmmmh… Estoy sorprendida —admitió—. Pero bueno, si te besó es porque algo siente por ti —sonrió pícaramente. Era la primera vez que veía esa sonrisilla en el rostro de Dalia.

Spencer se sonrojó. ¿Sería cierto? No lo había planteado de esa forma. No. Imposible.

Aquella misma tarde se encontró con Rimes. A la salida. Justo en la entrada de Richroses. Él giró la cabeza en dirección opuesta a la de ella nada más verla.

Spencer le dio un empujón.

—¿Por qué finges que no me ves? —Interpeló ella.

—Porque te estoy ignorando —respondió secamente.

—Vaya, ¿no me digas que estás esperando tu limusina?

—¿Te importa? —Él sólo se la quería quitar de encima.

La chica estaba decidida a molestarle. Ella no había pasado una semana torturando insanamente a su mente con preguntas sin respuesta en vano. Él se las daría.

—Sí —miró al cielo—. Mira las nubes. Están muy negras, parece que vaya a haber tormenta. No lo parecía esta mañana.

—Bueno, pequeña e insoportable pobretona —respondió Rimes—. No me importa lo más mínimo. Yo iré en mi limusina calentito a mi casa. Te tendría que preocupar a ti, que te vas en autobús y vives en una urbanización muy lejos de aquí. Igual cortan la línea.

Empezó a chispear.

—Menos mal que hice caso a mi madre y cogí el paraguas —comentó ella levantando la mano donde sujetaba el objeto.

—Trae aquí —ordenó el pelirrojo quitándole el paraguas de las manos—. Este paraguas… Me lo voy a llevar yo —sonrió maliciosamente.

En aquel momento apareció la mencionada limusina con Sebastian al volante. Bajó la ventanilla.

—Lamento la tardanza, señorito —se disculpó el anciano—. Había un atasco. Van a cortar algunas calles, al parecer se avecina una tormenta bastante fuerte. No habrá ni autobuses —explicó. Miró a Spencer—. Hola, señorita Turpin. ¿Quiere que la acerquemos a su casa por algún casual?

Spencer fue a responder a la amabilidad del anciano pero no lo hizo debido a que Rimes habló primero.

—No la llames señorita, no lo es —cortó—. Y se va a ir andando —entró al coche y la miró—. Disfruta del paseo, Turpin —dijo con algo de mofa.

—Que te den —dijo sacando la lengua.

Echó a andar hacia su casa. Aun le quedaría una hora andando. Increíble. Querría haberle preguntado por aquel beso. Quería saber por qué lo hizo. ¿Estaría riéndose de ella otra vez? O quizá era cierto que tenía alguna oportunidad, por pequeña que fuese.

Cada vez caían las gotas de lluvia con más intensidad. Se paró frente a un escaparate y miró su reflejo. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo se había vuelto alguien así? ¿Desde cuándo sentía todo aquello?


Bruce estaba regocijándose en su limusina. Era tan divertido molestarla y hacerla rabiar. Repentinamente la lluvia comenzó a caer con mucha intensidad y el cielo, ennegrecido por las nubes de tormenta, emitía destellos propiciados por truenos.

Empezó a sentir remordimientos en su cabeza. Quizá se había pasado un poco quitándole el paraguas. Sabía que Spencer tenía que andar mucho para llegar hasta su casa. En aquel instante, el vehículo frenó.

—Vaya, señorito. Parece que hay un atasco —comentó Sebastian.

Rimes se quedó en silencio mirando el cristal del coche, mojado por las gotas de lluvia. Puso una expresión de molestia y salió del coche corriendo.

—¿A dónde va, señorito? —Preguntó Sebastian alzando la voz para que le oyera.

—¡Luego te llamo! —Respondió Bruce gritando.

Empezó a correr en busca de Spencer con su paraguas en la mano. Debía devolvérselo. Regresó al Richroses con la esperanza de encontrarla allí. No había nadie.

—Mierda… —se quejó.

Volvió a correr en dirección a casa de Spencer. Estuvo quince minutos corriendo. Llevaba el paraguas en la mano pero no lo abrió. Debía abrirlo su propietaria.


Spencer estaba bajo el porche de un 24h. Permanecía ahí esperando a que amainara la lluvia. Si se molestaba en ir a su casa con aquella tormenta al final acabaría resfriándose. No podía dejar de pensar en Rimes. Estaba sorprendida de pensar tanto en él. Le gustaba realmente.

—Soy una estúpida… —dijo para sí misma—. ¿Por qué estoy pensando en él? —Cerró los ojos—. Encima estoy hablando sola…

A los pocos segundos oyó unos pasos agitados sobre el suelo encharcado de la acera. Levantó la cabeza y se quedó atónita al ver a la única persona que no esperaba ver.

—Eres una estúpida, ¿desde cuándo permites que me burle de ti así? —dijo Rimes sin mirarla directamente, mientras le extendía el objeto.

Era cierto, ¿desde cuándo? A Spencer no le salía la voz de la sorpresa. Bruce abrió el paraguas al ver que ella no lo cogía y se lo puso sobre la cabeza. Estaba empapado. El agua se deslizaba por su pelo rojizo, por sus mejillas. Parecía que se había caído a un lago con su caro uniforme.

Spencer sintió que en aquel momento podía preguntarle. O que si no, nunca lo haría.

—¿Por qué me besaste? —Su expresión era algo triste para ser ella.
A Rimes le sorprendió aquella pregunta, pero no apartó su intensa mirada de ella. Ni ella tampoco de la de él.

—No preguntes cosas que sabes que no tienen respuesta ni sentido —fue lo único que dijo. Por primera vez, Spencer sintió que Bruce hablaba con mucha seriedad. El chico cogió la mano de ella y la llevo al mango del paraguas para que lo sujetara. Spencer no apartaba su vista de él—. Me das asco —espetó—. Adiós.

Spencer dio unos pasos tras él, pero decidió no ir detrás. Bruce se fue andando y no se giró ni una sola vez. Ella se quedó parada bajo la lluvia, con su paraguas sobre su cabeza, mirando su espalda empapada partir.
Viéndole y pensando en él, se dio cuenta que aquellas gotas de su mejilla no eran de la lluvia. Eran sus lágrimas

Bruce esperó varias calles para propinarle un puñetazo pleno de rabia a la puerta de un garaje. Comenzaba a odiar. A odiarse a sí mismo.