miércoles, 9 de julio de 2014

Capítulo 13 - Parker tiene un plan

—¿Estás seguro de estar bien cómo estás? —Preguntó Parker tumbado en el sillón de la habitación de Rimes, cruzándolo.
—Sí, ¿por qué no? —Dijo el pelirrojo.
—Pues porque dices que no te importa Turpin, la ignoras, la besas, la desprecias… —explicó con cierto desinterés mientras jugaba con un cubo de rubic—. Pero luego estás siempre pendiente de cada cosa que hace, tanto en Richroses como fuera de él, y la miras cuando ella no te mira a ti. Tienen una disputa tu razón y tus sentimientos que te van a llevar por el camino de la poca cordura.
Bruce se levantó de su cómodo asiento y se dirigió a la butaca de terciopelo rojo situada al lado del piano.
—Gracias por su psicoanálisis, Doctor Parker—dijo enarcando las cejas y abriendo la tapa del gran instrumento negro.
—No hay de qué —sonrió el moreno. Permaneció mirando a la nada pensativo durante un largo instante mientras Bruce comenzaba a tocar una suave melodía con su piano—. Entonces estás seguro de que no sientes nada por ella, ¿no?
Rimes dio un golpe a varias teclas del piano para que sonara un irritante sonido desafinado y, acto seguido, miró con frialdad a su invitado.
—No —espetó.
—Te tomo la palabra.

Spencer caminaba lentamente por el resplandeciente mármol de los deshabitados pasillos del Richroses. En su mente repetía el suceso acontecido con Rimes días atrás. Cada vez que pensaba en ello se ruborizaba y se llevaba las manos a las puntas de los pelos, cogiendo mechones que cupieran a la perfección en ellas para luego tirar con suavidad de ellos. Era su forma de luchar contra los nervios.
Se había encerrado en un compartimento del servicio durante casi una hora, había perdido prácticamente una clase y ahora deambulaba indecisa sobre si entrar, interrumpirla y llevarse por consiguiente una mirada recriminatoria del profesor o simplemente seguir actuando como un zombie por los pasillos del centro.
Era una situación inverosímil. Sentía que estaba perdiendo la cabeza por la persona menos indicada para hacerlo, o la más indicada, según se mirara. Pues así era Bruce, una mente compleja, repleta de caprichos, egoísmo y egolatría máxima. Por lo menos era de aquel modo como Spencer le había visto siempre, aunque había algo que también atisbaba en él desde hacía tiempo y creía empezar a comprender el qué. La conversación que mantuvo con Parker decía mucho del asunto, la madre del pelirrojo, Anna, al parecer tenía problemas de salud.
No pudo darle tantas vueltas a la cabeza como su inconsciencia hubiera querido, pues repentinamente su visión se vio limitada a un negro vacío. El calor de las palmas de unas manos se había posado sobre sus ojos.
—¿Quién soy? —Susurró una voz juguetona y masculina.
A la joven se le paró el corazón del sobresalto.
—¿Parker? —Preguntó, y su visión se volvió nítida de nuevo.
—Tan lista… por eso estás aquí —dijo y acto seguido esbozó una sonrisa—. No por dinero, sino por tu cabeza.
La actitud de aquel chico siempre la desconcertaba. No tanto como podría hacerlo Bruce, el tripolar, pero sí que continuaba albergando un aura de incógnita para ella.
—Ya… —fue lo único que respondió. No tenía muy claro cuando Parker le hacía aquellos comentarios si era para reírse de ella o simplemente eran frases casuales que pretendían ser lo más cordiales posibles.
—Quería hablar contigo. ¿Estás libre este fin de semana?
Spencer miró a su alrededor, como si aquella pregunta no fuera con ella. Pero era obvio que sí, pues eran los únicos individuos en todo el pasillo. Y aunque no lo fueran, Parker se estaba dirigiendo a ella en todo momento. Y de un modo muy cordial.
—¿Para?
—No te preocupes. Sabes de sobra que conmigo no hace falta que estés a la defensiva. Solo me preguntaba si querrías venir al Alton Town conmigo. Tengo entradas gratis —explicó, sacándose de su bolsillo aquellas entradas a las que hacía alusión.
Ella frunció el ceño.
—No entiendo por qué me lo propones a mí, ¿no te gusta Dalia? Aprovecha y dile que te acompañe.
—Te noto de mal humor —comentó él, sin borrar la sonrisa de su rostro. Spencer pensó que la sonrisa de Parker era muy diferente a la de su primo. Si bien era muy enigmática, no encontraba en ella más que una sinceridad absoluta, muy alejada a la maldad que albergaba la del pelirrojo—. Pero sí, es cierto, a mí me gusta Dalia. Sin embargo, llevo un tiempo fijándome en que eres una persona muy interesante. Despiertas una gran curiosidad en mí y lo cierto es que pienso que estaría bien conocerte un poco mejor. ¿Qué me dices?
—Me caes bien, Parker, en serio. Pero no me fío de lo que dices.
Parker profirió una sonora carcajada.
—Tranquila, puedes confiar en mí. Creí que ir juntos al parque de atracciones nos acercaría como amigos.
Spencer se rascó con su dedo índice la barbilla mientras pensaba que no tenía motivos aparentes para desconfiar en él. Ni los más mínimos, al contrario, Parker le había demostrado ser una persona de confianza. Algo extraño, sí, pero, al fin y al cabo, ¿quién no tenía alguna excentricidad en alguna parte de él? Thomas simplemente era más sincero en eso.
—¿El sábado dices? —Preguntó ella sonriendo.
Parker no respondió. Únicamente le guiñó el ojo y se fue dándole un suave toque en el hombro.


Dalia caminaba airosa por el patio de la escuela. Últimamente encontraba que todo lo que sucedía resultaba sin duda inverosímil. Ver a Rimes perder la cabeza por su amiga, aunque no lo admitiera honestamente, era lo más parecido a ver a un perro andar de pie. Y por su parte, Spencer, que ya no ocultaba sus sentimientos, le hacía sentir en ocasiones tan nostálgica.
Hacía días que no veía a Charles Wells fuera del instituto. Alrededor de dos semanas exactamente, apenas contestaba a las llamadas que realizaba ella, y mucho menos se las devolvía. Aquella situación le preocupaba, pues era la primera vez que le sucedía algo así.
—Disculpe, madame, se le ha caído el pañuelo —dijo una voz a sus espaldas.
La joven se giró para ver si se trataba de la persona que creía que era y, si en efecto, se dirigía hacia ella.
—Thomas…
—Últimamente no hablamos mucho —comentó él un pañuelo con flores bordadas.
—Ese pañuelo no es mío —informó ella sin mirarle a la cara, y fijando la vista en el estampado floral tan delicado del pañuelo.
—Es un regalo. Lo vi en el escaparate de Tous y me recordó a ti.
—¿A mí? ¿Por qué te iban a recordar a mí…? —Preguntó colocándose su melena rubia tras las orejas.
—Porque son dalias. Lo sabes —Thomas esperó una respuesta de la chica, que lo único que hizo fue agarrar el pañuelo con timidez—. Y quería pedirte un favor. Me gustaría que le dijeras a Bruce de ir al parque de atracciones este sábado. Yo voy a ir con Spencer.
—¿Qué? ¿Por qué? Tiene más sentido que se lo pidas a Emma.
Una vez más, Dalia colocó su pelo tras las orejas.
—No, no me interesa que venga Emma. Necesito que Bruce esté allí a la hora a la que yo he quedado con Spencer —el joven pasó su mano por los cabellos dorados de ella—. Quiero darle una lección


Spencer no dejaba de mirar su móvil comprobando la hora. Había llegado diez minutos antes de la acordada. Habían quedado a las 11 am en la puerta de Alton Towers y aún quedaban diez minutos para la hora exacta.
Se había arreglado. No mucho, pues ella no solía emperifollarse demasiado para salir con sus amigos, y no consideraba aquel encuentro con Parker como una cita pues teóricamente sólo pretendían intimar como amigos. Era invierno y hacía bastante frío, en una semana sería Navidad, llevaba unos leggins negros y un jersey bastante largo, de rayas rosas y negras y su larga bufanda rosa, creación de su abuela.

No permaneció mucho rato esperando a Parker en la entrada del parque de atracciones, pues pronto vio acercarse su Rolls- Royce y dentro de él al joven con cabellera azabache. Aparcó en una plaza V.I.P de los aparcamientos y bajó del automóvil rascándose la nuca y bostezando. Iba vestido con una camisa de cuadros, cuyos tres primeros botones estaban desabrochados, y unos vaqueros Levi’s.
—Hey, veo que has sido más puntual que yo —comentó con una sonrisa.
En aquel momento, a Spencer se le antojó tierna la sonrisa de Parker.
—He llegado hace poco —respondió ella.
El chico se quedó observándola detenidamente por unos instantes.
—Te queda bien esa ropa —dijo él—. Pero veo que no llevas maquillaje.
—No me maquillo nunca. No se me da bien elegir lo que le queda bien a mi rostro.
La mano de la joven fue tomada por él y la acercó a su coche.
—Siéntate aquí detrás un momento. Te voy a maquillar yo —dijo sacando de la guantera una pequeña bolsa que contenía una gran cantidad de maquillaje de buenas marcas como Esteé Lauder, Lancôme o Yves Saint Laurent.
—No es necesario —insistió ella, pronto volvió a mirar la bolsa de maquillaje de su acompañante—. ¿Cómo es que tienes eso?
—Bueno, esto es algo que solo conocía Bruce, pero no me importa que tú también lo sepas, Spencer. Me gusta el maquillaje, es uno de mis hobbies: maquillar a las mujeres. Me gustaría dedicarme a ello profesionalmente, pero mi familia no lo aprobaría, por lo que debo conformarme con esto —explicó mientras buscaba algo que le favoreciera a la joven—. No te preocupes, no te voy a poner algo exagerado. Simplemente creo que a tus ojos les iría genial un poco de eye-liner y rímel para realzar tus pestañas… Las tienes muy largas, deberías sacarle un poco de partido.
Una vez que hubo acabado, salieron del vehículo. No le llevo mucho tiempo, fue rápido y delicado, y a ella le pareció un trato muy profesional. Se sentía contenta de conocer algo de Parker y que dejara de resultarle tan misterioso como siempre.
Había una buena cola para sacar las entradas y le pareció que era mucho mayor que minutos atrás, cuando estaba sola esperando a Thomas. Fue sin embargo, al entrar dentro del recinto, que vio a dos personas inesperadas en uno de los puestos del principio: Dalia y Bruce. Al verlos juntos, en aquel lugar, no supo si acercarse a saludar o fingir que no les había visto. ¿Qué hacían ellos dos allí?
—Veo que lo has conseguido, Dalia —se acercó Parker a ellos y Spencer no tuvo otra opción que hacer lo propio, sin ser capaz de mirarles a la cara. No obstante, el comentario de Thomas llamó su atención—. ¿Cómo lo has logrado? No las tenía todas conmigo —quiso saber dirigiéndose a la rubia, a la cual separó un poco del grupo.
—No ha sido fácil, obviamente... —comenzó a decir ella, bajando la voz—. Solo me conocía como la amiga de Spencer y no tenía ningún interés en venir hasta que le dije que estaba preocupada por ella porque la habías invitado —se le escapó una risilla cómplice—. Está claro que no le hizo ninguna gracia.
Spencer miraba como Thomas y Dalia hablaban entre ellos, por lo bajo. No tenía valor de mirar a Bruce a la cara. No al menos después de todo, de robarle un beso en su propia casa, de confesar sus sentimientos y recibir siempre un no por respuesta o el desprecio del pelirrojo. Se avergonzaba de sí misma, porque aunque no quería reírse, aunque no fuera a hacerlo, no sabía qué hacer para aparentar que podía llevar con ella aquellas emociones.
Pero era capaz de notar como la mirada de Bruce se clavaba en ella como dos espadas candentes. Sabía perfectamente que en aquellos momentos la estaba mirando. Y nadie decía nada. Él la miraba y ella a él no. Pero se palpaba una sensación poco común en el ambiente, una tensión desquiciante.
Sólo cuando Bruce habló, la tensión desapareció.
—Veo que tienes una cita con Thomas. Está claro que mientras tenga dinero te da igual quién sea...
Aquel comentario le dolió. ¿Cómo se atrevía a decirle eso a ella? Con lo que le ha hecho sufrir desde el mismo día que llegó al Richroses
—Te equivocas —replicó ella, girándose para darle la cara a su enemigo.
Spencer no era consciente en aquellos momentos, que el maquillaje que había preparado Parker para ella le sentaba demasiado bien, puesto que Bruce sintió como su corazón daba un vuelco. ¿Qué era lo que veía? A la pobretona de Turpin… ¿guapa? No, Bruce siempre pensó que era guapa, pero en aquellos momentos, viendo agitar sus pestañas tuvo la certeza de lo hermosa que era ella con una cantidad insignificante de maquillaje.
—Bueno, Bruce —se introdujo Parker en la conversación—. Yo voy con Spencer —dijo acercándose a la joven y agarrándola suavemente por la cintura. Ella se sintió extraña, pero fue en aquel momento cuando comprendió las intenciones de Thomas, justo al ver la cara de rabia de Rimes ante aquel gesto—. Seguid por vuestro camino. A no ser, claro, que quieras ser tú el que vaya así con Spencer. En cualquier caso, podéis venir con nosotros.
En aquellos momentos, la mirada de Thomas adoptó un reflejo de desafío y Spencer deseó con todas sus fuerzas desaparecer del lugar.
O simplemente quería ser sujeta por Bruce.

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