martes, 18 de noviembre de 2014

Capítulo 14 - En el parque de atracciones.

Nota de la autora: He actualizado únicamente porque acabo de recibir una notificación con un comentario en el capítulo anterior, lo cual pensaba que había sido olvidado. Mi historia está en Wattpad y se actualiza antes allí.

***

Caos. A eso se reducía todo. Se trataba de un golpe devastador de mala suerte. Aquello no podía ser real, era una broma de mal gusto. Si lo pensaba, lo más lógico era creer que todos los astros se habían alineado y puesto en su contra. Y sin duda, eso, era lo que más sentido tenía para ella.
Había pasado una hora, una hora desde que descubrió que, lo que en teoría era un día divertido en el parque de atracciones, se había convertido en una encerrona con la persona que más quebraderos de cabeza le causaba. Y no sólo por él. Se trataba de un encuentro variopinto y surrealista. ¿Qué hacían ellos en aquella situación? Eso solo lo hacían los grupos de amigos, y era más que obvio que ellos no eran amigos, simplemente una vaga excusa sin sentido para pasar el momento más incómodo de sus vidas.
Bruce parecía un niño, un niño enfurruñado por no lograr sus caprichos, un crío envidioso por haber tenido que prestar su juguete favorito a algún amigo. Y Spencer era su juguete, su favorito. Llevaba toda la mañana soltando gruñidos cada vez que ella tenía algún tipo de roce con Thomas, y éste disfrutaba con cada una de las caras de molestia que ponía él pues Bruce era como un libro abierto.
Dalia permanecía en silencio observando el panorama y a Spencer le quedaba poco para perder la paciencia. Habían montado en las tazas giratorias, en la montaña rusa y en oblivion y habían comido en un restaurante temático. La rubia se detuvo en seco para mirar la atracción que se suponía que era una casa del terror.
—¿Entramos? —Preguntó mirando aquella enorme casa cuyo tejado era de un color verde pegajoso.
—¿Te gustan este tipo de atracciones?  —Quiso saber Spencer, mirando a Dalia con mucha curiosidad.
—Sí —asintió acercándose al puesto de compra de billetes.
La mujer que estaba tras la ventanilla les advirtió que la casa era un laberinto y podían perder mucho tiempo dentro, y que lo aconsejable era entrar por parejas.
—De acuerdo —habló Thomas—. Entremos por parejas —miró a Spencer.
Bruce se apresuró y la agarró del brazo trayéndola para sí.
—Spencer será mi pareja —declaró, marcando su territorio.
Ante aquel roce, el corazón de la joven dio un vuelco y miró tanto a Dalia como a Parker con una mirada de auxilio. El moreno se encogió de hombros.
—Está bien —dijo mirándoles—. ¿Entráis primero?
Spencer abrió la boca para protestar, no quería pasar tiempo a solas con Rimes y menos en un lugar que de primeras de miedo, aquel tipo de atracciones siempre habían conseguido ponerle nerviosa, asustarla, y estaba segura de que no se trataba de una excepción. Bruce se adelantó a las palabras de ella.
—Claro —afirmó, y agarrándola del brazo, entraron.
El ambiente en el interior de la casa era completamente siniestro. Había apenas luz y la única que había provenía de candelabros situados en la pared. Una pequeña neblina terminaba de decorar aquel lugar. Spencer se puso nerviosa desde el primer momento que puso un pie dentro de la casa, que poco le gustaban aquellos lugares. Bruce se percató de los nervios de la muchacha y sonrió con malicia de oreja a oreja.
—¿Estás asustada? —Preguntó con curiosidad, en un susurro, acercándose a su oreja mientras andaban.
—Un poco —confesó ella, era inútil mentir.
—Creía que la gente de los suburbios estabais curtidos en acero —comentó desinteresadamente.
—De verdad, creo que deberías ganar el premio a la estupidez —replicó ella.
Conforme más avanzaban, más espesa era la niebla. Una luz roja se discernía en el fondo del pasillo y cada vez había más sonidos tétricos, acompañados de una melodía que comenzó de un modo suave, casi imperceptible, y que poco a poco se hacía notar más y más.
La joven agarró el brazo de su acompañante, asustada. Bruce dibujó en su rostro una mueca de superioridad ante la situación y se permitió el lujo de soltar algún comentario.
—¿Estás tanteando el terreno para volver a robarme un beso?
—¿Qué? —Farfulló ella boquiabierta.
—Ya me has oído.
—Lo que tú digas —dijo ella, decidida a no entrar en el juego de una discusión absurda y sin sentido, en la que estaba claro que Rimes acabaría por hacerle salir de sus cabales—. Pero bueno, después de robarte aquel beso estamos en paz.
El chico no esperaba aquella respuesta y se sintió molesto al no encontrar ninguna réplica. En un acto completamente inmaduro, ladeó el brazo con brusquedad para que ella se soltara.
—No me toques, Turpin —espetó con desprecio.
Aquel tono de voz le dolió a la joven. Maldito canalla bipolar. Maldito niño mimado. Maldita locura la suya por haberse enamorado de él.
De repente, una mano fría y huesuda se apoyó en el hombro de la chica, mientras una voz de ultratumba murmuró cerca de su oreja palabras indescifrables. Ella comenzó a gritar histérica y, en un impulso de salir de allí, echó a correr dejando a Bruce atrás. No supo cuánto tiempo estuvo corriendo, atravesando puertas sin parar ni un segundo, escuchando sonidos, viendo supuestos fantasmas, estando total y completamente aterrada. Había perdido la cordura en aquellos momentos y seguramente la estaría esperando fuera de la casa. Cuando se quiso dar cuenta, fue consciente de que estaba sola.
—¿Rimes? —Llamó con la voz temblorosa.
No obtuvo respuesta. Miró a su alrededor.
—¿Rimes? —volvió a llamar elevando un poco su tono de voz.
Otra vez, la única respuesta fue el silencio.
Se acurrucó en el suelo y se abrazó a sí misma. Los nervios le estaban jugando una mala pasada y lo único que deseaba era llorar. Llorar de impotencia. Se sentía perdida y estúpida por salir corriendo. Era una maldita atracción, por supuesto que no había ningún espíritu y por supuesto que nadie le iba a hacer daño. Y aun sabiendo aquello, no podía evitar tener miedo. Permaneció en aquella posición durante un largo tiempo, hasta que una voz familiar la devolvió a la realidad.
—Te ves ridícula.
Levantó la cabeza y ahí estaba Rimes. En un impulso de alegría por ver la cara de aquel idiota, se levantó velozmente y envolvió sus brazos alrededor del cuello de él como pudo, en un abrazo que buscaba un poco de consuelo.
—¿Qué haces? —Preguntó él, que se encontraba ahora nervioso ante el acto de la chica.
Cuando escuchó aquella pregunta salir de la boca de Rimes, se dio cuenta del movimiento tan absurdo que acababa de cometer. Por supuesto que Rimes no la iba a consolar. No iba a consolar a nadie y mucho menos a ella. Fue a apartarse cuando, para su sorpresa, Rimes le devolvió el abrazo, tratando de calmarla.
—Tranquila, ya estoy aquí.
Aquellas palabras sonaron muy dulces en los oídos de ella. Era increíble. Un acontecimiento único. Una auténtica muestra de humanidad que provenía del tirano Bruce Rimes.
La sujetó de la mano y le dijo:
—No te vuelvas a escapar, salgamos de aquí cuanto antes.
Ella no dijo nada, lo único que pudo hacer fue ruborizarse, quedarse callada y avanzar cogida de la mano de él, en silencio hasta encontrar la salida.
Estuvieron esperando a Thomas y a Dalia en un banco frente a un puesto de algodón de azúcar. Aquella experiencia había agotado a Spencer completamente y se preguntaba que les había parecido la atracción a sus amigos. Cuando les vio salir riendo, supo que para ellos fue una pericia completamente diferente a la que había vivido ella.
—Hola —saludó Dalia a unos metros de distancia, mientras se acercaba a ellos dando brincos—. ¿No ha sido genial?
—No —negó Spencer al instante.
Dalia frunció el ceño.
—Parece increíble, pero a esta tía le acojonan ese tipo de cosas —informó el pelirrojo riéndose aun.
—Entonces, ¿qué os apetece hacer ahora? —Preguntó Parker—. Dentro de poco se va a poner el sol.
Mientras Spencer buscaba una respuesta para la pregunta que acababa de hacer Thomas, él encontró la respuesta.
—¿Qué os parece la noria?
La noria de aquel parque de atracciones era de un tamaño inmenso y era famosa por la cantidad de parejas que subían para ver el atardecer.
—Algo tranquilo —dijo Spencer echando la cabeza hacia atrás en el banco—. Gracias.
—De acuerdo, ¿cómo antes? Tú y Bruce en una cabina y Dalia y yo en otra.
Spencer observó que su amiga no lo estaba pasando mal con la compañía de Parker, sino todo lo contrario. Quizá alguien como él era más adecuado para ella que su profesor.
Bruce y ella subieron a la noria, cuyos movimientos eran muy lentos. Solo hasta estar dentro de la cabina ambos, completamente solos, sin ninguna otra distracción que la del paisaje que les rodeaba, Spencer fue consciente de lo incómoda que era toda aquella situación: uno sentado frente al otro, mirándose fijamente. Bruce estaba en una posición particular, con un pie en el suelo y otro sobre el asiento y con su codo sobre su rodilla, mientras que su mano le hacía de apoyo a su cabeza. A Spencer le resultó tremendamente sexy.
—Deja de mirarme —dijo al fin ella.
—Estaba pensando que nunca te había visto así, con maquillaje —comentó Bruce—. No pareces tú, estás guapa.
Ella sonrió.
—Vaya, gracias por llamarme fea.
—Creía que ya lo sabías.
No dijeron nada durante un instante. Ella buscó algún tema de conversación en su cabeza, pero, ¿de qué podría hablar con él sin que la despreciara?
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo al fin.
—Qué miedo —comentó él.
Tragó saliva.
—¿Qué le pasa a tu madre? —Se atrevió al fin.
Él le fulminó con la mirada, una mirada cargada de ira.
—No es de tu incumbencia —respondió secamente apartando la mirada.
En aquel momento, Spencer vio como Rimes volvía a cerrarse en su caparazón, en su fortaleza, en como esquivó la pregunta, sin dar ni un solo segundo a plantear sobre si responder o no. Sin embargo ella comprendió también su falta de tacto, pero la apenaba estar tan cerca de él pero a la vez tan lejos. Sentía que Rimes seguía siendo inalcanzable para ella.
—Bueno… —habló ella otra vez—. ¿Y eso que has venido hoy? ¿Puedo saber por qué?
Bruce volvió a mirarla.
—Porque no iba a permitir que tú y Thomas estuvierais solos.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta.
—¿Por qué?
—Porque me da rabia.
—¿Por qué?
Rimes  se irguió, se acercó un poco a ella para cogerla de la mano y acercarla hacia él. Ella estaba en pie y él sentado.
—Basta de preguntas, no seas pesada —dijo mientras le acariciaba la pierna.
A ella se le erizó todo el cuerpo.
—¿Por qué me estás tocando? —Su voz temblaba.
Él la miraba fijamente y a los ojos. Atravesándola con la mirada, como si pudiera ver su alma. Era la mirada más profunda que había visto en su vida y era dirigida ella. Una mirada entre desesperada y de deseo. Apretó su mano en el muslo de ella.
—Te he dicho que basta de preguntas —las piernas de Spencer comenzaban a temblar—. En serio, hoy estás muy guapa.
Rápidamente y con firmeza, él atrajo el cuerpo de ella hacia sí, haciendo que se encontrara sentada encima de él. El corazón de ella latía a mil por hora, sentía que se le iba a escapar del pecho, y una vibración en su entrepierna delató su más puro deseo interno. Y aquello la aterraba.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué te pasa? —Se sentía desconcertada, el comportamiento de aquel chico, como siempre, era inesperado—. Estás muy raro. ¿A qué viene todo esto? ¿Cómo que estoy guapa? ¿No soy una muerta de hambre? Dime, Rimes, no esquives mis preguntas. Si dices odiarme como dices que me odias —se armó de valor para continuar aquella frase—, ¿por qué sientes celos si me ves con Parker? ¿Por qué quieres acaparar mi atención? Respóndeme —insistió—. ¿Me odias?
Bruce le colocó un mechón de su oscura melena tras la oreja, sin dejar de mirarla. Estaba muy serio. Parecía más maduro que otras veces.
—Sí, te odio. Claro que te odio. ¿Cómo no iba a odiarte? Odio tu voz, tu sonrisa, tu mirada que me atraviesa por dentro. Odio cuando hablas alegremente con otros y cuando caminas. Jamás he odiado a nadie tanto como te odio a ti. ¿Me oyes? Jamás. A nadie —Spencer procesaba todo aquello tratando de mantener la serenidad—. Te odio tanto, de tal manera y con tanta intensidad, que desde el primer momento en que te vi, no pude dejar de mirarte. No pude dejar de pensar en ti. No pude dejar de molestarte y de tratar de llamar tu atención. ¿Comprendes ahora cuanto te odio?
Los ojos de ella comenzaron a humedecerse y sintió como una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—Tus palabras no suenan a odio —dijo con la voz quebrada.
Él se abalanzó sobre los labios de ella, haciendo presión con su brazo en las caderas de la joven, para atraerla más a él, mientras que la otra mano estaba apoyada en la nuca de ella. Enredándose entre los cabellos de ella. Se trataba de un beso desesperado, intenso, pasional. Spencer sentía como la lengua de Rimes jugueteaba con la suya, como recorría el interior de su boca. Mientras se besaban, ella se preguntó si se trataría de otro beso que quedaría en el olvido una vez que se separaran, si cuando los labios de él se apartaran de los de ella, volvería a alejarse a toda velocidad, como si nada hubiera ocurrido.
Cuando se separaron, se quedaron un instante observándose a los ojos. Spencer miró con cierta vergüenza hacia la ventana, y pudo ver la puesta de sol.
—Vaya… Sunset… —comentó en voz baja.
—¿Eh?
—No, nada. Es una canción —respondió mirando al suelo con cierta timidez que le hacía sentir aquella situación.
Bruce aun no la había apartado de él. Aun no le había mirado con odio.
—Ya…
Mordió el labio inferior de la joven y ella sonrió.
—Casi te pasas.
Esta vez fue ella la que le besó a él. Se besaban con angustia, como si el mundo fuera a desaparecer de un momento a otro y aquello fuera lo único que podían hacer. Se besaban mientras se abrazaban con fuerza, con posesión, como dos animales funcionando por puro instinto.

Y en aquel momento, Spencer, supo que todo iba a cambiar.